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jueves, 27 de mayo de 2010

Microcosmos del Fin. Por Alberto R. Treiyer


La jornada había sido larga y muy dura. La más grande confrontación de Jesús con los dirigentes religiosos de la ciudad de Jerusalén quedaba atrás. Al retirarse la gloria divina que se encontraba velada ya no en una nube, como en la antigüedad, sino en la carne humana (Juan 1:9,14), la casa de Dios en Jerusalén iba a quedar vacía de la presencia celestial (Mat 23:38-39). Pero al comenzar a subir por la ladera de la montaña de los olivos, los discípulos se dieron vuelta y pudieron contemplar una vez más una escena tan espectacular como lo era el templo de Jerusalén.

“Durante más de cuarenta años se habían prodigado riquezas, trabajo y arte arquitectónico para enaltecer los esplendores y la grandeza de aquel templo. Herodes el Grande y hasta el mismo emperador del mundo contribuyeron con los tesoros de los judíos y con las riquezas romanas a engrandecer la magnificencia del hermoso edificio. Con este objeto habíanse importado de Roma enormes bloques de preciado mármol, de tamaño casi fabuloso”. No era de extrañar que aún los discípulos, cuyos sueños se vinculaban a esa ciudad y a Jesús como su futuro rey, se sintiesen orgullosos de semejantes construcciones.

“‘Maestro, mira qué piedras y qué edificios (Mar 13:1 [Luc 21:5: “adornado de hermosas piedras y dones”]), atinó a decirle uno de ellos. Pero los sentimientos del Señor estaban muy lejos de la vanagloria humana que tanto agrada a los mortales. Para sorpresa de todos, Jesús le respondió: “‘¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada’” (Mat 13:1-2).


Microcosmos antiguos

Las palabras tan contrastantes de Jesús sobre el templo de Dios y su ciudad culminaban, en cierta forma para el Israel antiguo, los tantos anuncios proféticos que desde la antiguedad Dios había enviado acerca del “día del Señor”. Ese día de juicio los profetas lo anticiparon para con las ciudades de sus días, cuyos pecados llegaban a un punto que rebasaban la paciencia divina. Sus ruinas fueron microcosmos ilustrativos del juicio que tendría lugar, en el fin del mundo, en el macrocosmos global y planetario, cuando los mismos pecados que las habían causado pasasen a ser la nota tónica del mundo entero.

Esto entendían también los discípulos del Señor. Al ser testigos de la venida del Mesías prometido, pensaban que si había todavía un día del Señor para volver a destruir Jerusalén, debía ser el mismo día que traería a Jesús de los cielos para terminar con este mundo de pecado. Por eso le preguntaron, momentos más tarde, “¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?” (Mat 24:3). Y cuando más tarde Jesús ascendió a los cielos, confirmando su promesa de volver, volvieron a preguntarle: ‘¿Restituirás el reino a Israel en este tiempo?” (Hech 1:6).


El día del Señor.

¿En qué consistía el “día del Señor”, según los antiguos profetas? En un día amargo, de ira, de angustia, de castigo, venganza, ruina y desolación, de tinieblas y oscuridad, “de guerra contra las ciudades fuertes y las altas torres” (Sof 1:14-15; Am 5:18-20). ¿Debía suponerse, en este contexto dramático, que Dios daba entonces, rienda suelta a caprichos personales, como es usual entre los hombres? No. Para que nadie tuviera dudas acerca de la justicia de sus castigos, lo vemos convocando a su corte celestial para una investigación o requisitoria judicial que precede a su intervención (Gén 18:20ss; Sof 1:12; Dan 7:9-10).

Es más, no sólo los ángeles debían enterarse del proceso que Dios iniciaba contra la nación señalada. También los habitantes de las ciudades que iban a ser destruidas debían enterarse. Por esta razón, los mensajeros que Dios les enviaba para anunciar el castigo, pasaban a actuar, a su vez, como reporteros del juicio (Os 7:1-2; 8:13; 9:9; 10:2; 13:12). Y a pesar de tantas advertencias divinas, el día aciago cayó tantas veces en forma inesperada sobre los incrédulos, sobre “los que reposan tranquilos sobre sus inmundicias, y piensan: ‘el Eterno ni hará bien ni mal’” (Sof 1:12).

¿Qué es lo que Dios castigaba en aquellos prototipos pequeños del día final? Ese día del Eterno, según Isaías, debía abatir “la altivez de los ojos del hombre”, y humillar “la soberbia de los hombres”, para que sólo el Señor fuese exaltado (Isa 2:11-12; 14:12-13; Jer 50:29-32). De allí que la destrucción apuntaba mayormente a los símbolos de la arrogancia humana tal como se veían patentados “sobre toda torre alta, y sobre toda muralla fortificada” de sus ciudades (Isa 2:15). ¡Cuán vanos resultaban entonces tales escudos humanos detrás de los cuales procuraban parapetarse, sin buscar refugio en el único lugar seguro que Dios ofrece! (Sal 27:5; 31:19-23; 36:7-8; 91).

Siendo que la fragilidad y temor humanos acerca del futuro inducían a muchos a pensar sólo en sí mismos a expensas del pobre, el juicio de tal día apuntaba también a sus “grandes y hermosas” propiedades injustamente obtenidas. La inmundicia moral e hipocresía espiritual que se escondía, en tales circunstancias, bajo el barniz elegante de la abundancia material, tampoco escapaban a los ojos de los profetas (Isa 2:13-14; cf. Os 4:12-14).

No todo iba a ser tinieblas y desolación, sin embargo, en el día del Señor. Al derramar su juicio sobre las ciudades malvadas, Dios no olvidó jamás a un remanente fiel al que salvó (Isa 11:11ss; 12; 30:26,29; Joel 3:16ss). Tampoco olvidaría a un resto que guardase sus mandamientos en el fin del mundo cuando, según el Apocalipsis, Dios derramaría sobre toda la tierra, las plagas que consumarían su ira (Apoc 12:17; 14:12; 15:1; 16; 17:14). En otras palabras, tanto en el microcosmos de los pueblos antiguos como en el macrocosmos planetario de hoy, el día del Señor fue y sigue siendo un día contrastante, de desgracia para el mundo, pero de liberación y redención para el pueblo de Dios.


Los juicios microcósmicos anticipan un juicio universal y final.

La Biblia habla de sólo dos juicios universales, el del diluvio que tuvo lugar hace unos 4.000 años atrás (Gen 6-8), y el del fin del mundo que tendrá lugar pronto y por fuego (2 Ped 3:6-7,10). Aparte de los 120 años de predicación de Noé, no tenemos mucha información acerca de cómo Dios previno al mundo antediluviano de la gran catástrofe que iba a tener lugar en aquel entonces. Con respecto a la segunda tragedia universal que nos aguarda, sin embargo, tenemos no sólo el anuncio de los profetas, sino también los anticipos en miniatura de los juicios que Dios dio en lo pasado. En lugar de contemplar en forma pasiva a los hombres, en espera de la gran destrucción final, vemos que Dios interviene constantemente para frenar la maldad, y evitar que la rebelión humana alcance visos universales antes del tiempo señalado.

Por el hecho de limitar sus juicios, en tales ocasiones, a lugares específicos, dejando libres otros pueblos, sus castigos deben interpretárselos como misericordiosos. Debían despertar en los hombres el sentido del peligro que corren, y la realidad del juicio que les espera. Esto lo percibió el profeta cuando reconoció que, “cuando hay juicios” divinos “en la tierra, los habitantes del mundo aprenden justicia” (Isa 26:9). Se llenan otra vez las iglesias, la gente se pregunta muchas cosas, y se vuelve más receptiva para escuchar el evangelio.

Ahora bien, ¿cuáles son los instrumentos del castigo divino? ¿Son siempre la sequía, las tempestades y las plagas? ¿Interviene siempre él, en forma directa? No. Al no haber todavía una conflagración general y global como la que debía esperarse para el fin del mundo, Dios usa a menudo, para castigar las ciudades opresoras, a otros pueblos que tampoco lo reconocen, pero cuyos pecados no han sobrepasado aún los límites de la misericordia divina.

De esta forma, el reino de Asiria pasó a ser la “vara” del “enojo” del Señor, aunque su rey ni siquiera pudo imaginárselo (Is 10:5-7). Una vez que tales instrumentos malvados cumplen el designio de Aquel que pone y quita reyes (Dan 4:17; 6:20-21), Dios decide castigar igualmente “la soberbia” y “la altivez de sus ojos” (Isa 10:10-14). “¿Se jacta el hacha ante el que corta con ella? ¿Se ensoberbece la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el bastón levantara al que lo levanta; como si la vara alzara a quien no es de madera!” v. 15).

Cuando los juicios de Dios se ejecutan a través de instrumentos crueles e inconscientes de cumplir con la voluntad divina, la Deidad simplemente juega el papel de Arbitro de todos los destinos. Retira su círculo protector de la ciudad condenada para dar libre acceso al destructor y enemigo por excelencia de Su creación. Así también ocurriría en el mundo entero, cuando los vientos de las pasiones humanas dejasen de ser retenidos por los cuatro ángeles que Dios apostó sobre los cuatro ángulos de la tierra para detener la maldad global, y demorar su destrucción final (Apoc 7:1-3; véase Dan 7:2).


¿Existen todavía microcosmos del juicio final, en esta época global?

¿Un fin del mundo sin la nación de Israel y sin su templo? Esto no podía caber en la mente de los discípulos. Siendo que en lo pasado, el día del Eterno había caído tanto sobre las naciones paganas como sobre su propio pueblo, pensaron que la ruina de Jerusalén coincidiría con la destrucción del mundo, confundiendo así el microcosmos de sus días con el macrocosmos final. Pero Jesús fue más allá de lo que ellos podían entrever a través de sus prejuicios nacionales, y con compasión les mezcló los dos acontecimientos. Cuando sus ojos se abrieran, podrían entender que la cercana destrucción de Jerusalén por los romanos no iba a ser aún el fin de todo, sino otro ejemplo o símbolo de la destrucción del mundo (cf. 1 Cor 10:6,11).

Cabe hacerse ahora la siguiente pregunta. Siendo que vivimos en el mundo en el que se cumplen las señales de repercusión universal que los antiguos profetas y apóstoles, y aún el Hijo de Dios mismo anunciaron, ¿podríamos esperar nuevos minianticipos de la destrucción final? Sí. Jesús los anticipó al describir en forma específica la época del fin. “Oiréis guerras y rumores de guerras”, anunció. Pero advirtió: “¡Cuidado! Nos os turbéis, porque es necesario que todo esto suceda, pero aún no es el fin” (Mat 24:6).

Fue en el S. XX que se dieron las primeras dos guerras mundiales que conoció nuestro mundo, y muchos creyeron que se iniciaba el fin mismo, olvidando las palabras precisas del Señor. Se reunieron los ejércitos de las naciones de nuevo, hace apenas una década, en torno a Iraq, y nuevamente comenzaron a circular versiones de la llegada del Armagedón, la última batalla del mundo de la que habla el Apocalipsis (Apoc 16:16). Pero no debía esperarse el fin aún. “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino”, continuó diciendo el Señor. “Habrá pestes, hambres y terremotos en diversos lugares. Y todo esto será principio de dolores”, es decir, juicios anticipados, de mayor escala que los que tuvieron lugar en la antiguedad, pero no todavía el fin mismo.

En tales manifestaciones limitadas de sus juicios, el Señor busca despertar la conciencia de los pueblos y de las naciones a la realidad inminente del juicio que les espera, en donde ya no habrá más misericordia (Apoc 16). Así como en la antiguedad, y “con infalible exactitud, el Infinito sigue llevando cuenta con las naciones. Mientras ofrece su misericordia, y llama al arrepentimiento, esta cuenta permanece abierta; pero cuando las cifras llegan a cierta cantidad que Dios ha fijado, el ministerio de su ira comienza. La cuenta se cierra. Cesa la paciencia divina. La misericordia ya no intercede en favor de aquellas naciones”. “Amplia es la misericordia que se extiende hacia ellos, con llamados al arrepentimiento; pero cuando la culpa de ellos llega a cierto límite que Dios ha fijado, entonces la misericordia cesa sus intercesiones, y comienza el ministerio de la ira”.


La anticipación profética de la destrucción del Centro del Comercio Mundial.

Prácticamente cien años antes que cayesen los edificios más imponentes del mundo el 11 de Septiembre del 2001 en Nueva York, una vidente adventista lo vio y adelantó las razones por las que Dios permitiría que tal desgracia cayese, en un marco equivalente al que lo habían hecho en la antiguedad los mensajeros de Dios. Lo suyo no tuvo nada que ver con Nostradamus ni ningún otro agorero o futurista al que la gente recurre hoy sin poder encontrar nada que pueda realmente orientarlos en relación con los sucesos acaecidos.

Tres años antes de la destrucción de la ciudad de San Francisco por un terremoto en 1906, E. de White declaró que no iba a pasar mucho tiempo antes que esa ciudad sufriese los juicios divinos, y anunció que se repetirían “en otras partes las escenas de la calamidad de San Francisco... Los juicios que ya han descendido”, aclaró, “son una advertencia, pero no el fin del castigo que vendrá sobre las ciudades impías”.

Que habría nuevos microcosmos de resonancia mundial se ve en la siguiente declaración de 1901. “Los deleitables monumentos de la grandeza de los hombres se harán polvo aun antes que venga la última gran destrucción sobre el mundo”. “Estas orgullosas estructuras se convertirán en ceniza”. “Las costosas mansiones, maravillas arquitectónicas, serán destruidas sin previo aviso” como “ilustración de cómo, en un momento, los edificios de la tierra caerán en ruinas”.

“Los hombres continuarán levantando costosos edificios que valen millones”, fueron sus palabras; “se dará especial atención a su belleza arquitectónica y a la firmeza y solidez con que son construidos. Pero el Señor me ha hecho saber que a pesar de su insólita firmeza y su costoza imponencia, esos edificios correrán la misma suerte del templo de Jerusalén”. En otras palabras, no quedaría en ellos “piedra sobre piedra”.

En este respecto debemos recordar que cuando Jerusalén fue destruida, la gente, buscando el oro que se derritió por el fuego y se infiltró en las rendijas, fue moviendo piedra sobre piedra que hubiese quedado, cumpliendo literalmente lo que dijo el Señor. Hay ahora toneladas de oro sepultadas en los escombros de esos edificios de Nueva York, y están removiendo también todo, no solo para limpiar el espacio, sino para llegar hasta esa impresionante sepultura.

En 1904, la misma autora volvió a escribir: "Se me hizo contemplar una noche los edificios [de Nueva York] que, piso tras piso, se elevaban hacia el cielo. Esos inmuebles que eran la gloria de sus propietarios y constructores eran garantizados incombustibles. Se elevaban siempre más altos y los materiales más costosos entraban en su construcción. Los propietarios no se preguntaban cómo podían glorificar mejor a Dios. El Señor estaba ausente de sus pensamientos. Yo pensaba: ¡ojalá que las personas que emplean así sus riquezas pudiesen apreciar su proceder como Dios lo aprecia! Levantan edificios magníficos, pero el Soberano del Universo sólo ve locura en sus planes e invenciones. No se esfuerzan por glorificar a Dios con todas las facultades de su corazón y de su espíritu. Se han olvidado de esto, que es el primer deber del hombre. Mientras que esas altas construcciones se levantaban, sus propietarios se regocijaban con orgullo, por tener suficiente dinero para satisfacer sus ambiciones y exitar la envidia de sus vecinos. Una gran parte del dinero así empleado había sido obtenido injustamente, explotando al pobre. Olvidaban que en el cielo toda transacción comercial es anotada, que todo acto injusto y todo negocio fraudulento son registrados. El tiempo vendrá cuando los hombres llegarán en el fraude y la insolencia a un punto que el Señor no les permitirá sobrepasar y entonces aprenderán que la paciencia de Jehová tiene límite. “La siguiente escena que pasó delante de mí fué una alarma de incendio. Los hombres miraban a esos altos edificios, que juzgaban incombustibles, y decían: 'están pefectamente seguros' [muchos murieron porque los instaron a volver a subir diciendo que los edificios estaban seguros], pero esos edificios fueron consumidos como sustancia resinosa. Las bombas contra incendio no pudieron impedir su destrucción. Los bomberos no podían hacer funcionar sus máquinas. Me fué dicho que cuando llegue el día del Señor si no ocurre algún cambio en el corazón de ciertos hombres orgullosos llenos de ambición, ellos comprobarán que la mano otrora poderosa para salvar, lo será igualmente para destruir. Ninguna fuerza terrenal puede sujetar la mano de Dios. No hay materiales capaces de preservar de la ruina a un edificio cuando llegue el tiempo fijado por Dios para castigar el desconocimiento de sus leyes y el egoísmo de los ambiciosos".

En 1906, E. de White volvió a tener otra visión de terror, pero en donde no se le indicó el nombre de la ciudad a la que fue llevada. ¿Se habrá debido esto a la desatinada reacción de algunos predicadores que, luego de su descripción acerca de Nueva York, comenzaron a decir que esa ciudad iba a ser destruida por un maremoto, tergiversando así sus declaraciones? Hoy, casi 100 años después, asombra ver la similitud de esa otra visión con lo que ocurrió realmente en la destrucción del Centro del Comercio Mundial.

“Estaba en una ciudad sin saber cuál, y escuché una expresión tras otra. Me levanté rápidamente de la cama, y ví desde mi ventana grandes bolas de fuego. De ellas salían chispas, en la forma de dardos, y los edificios estaban siendo consumidos. En muy pocos minutos el bloque entero de edificios estaba cayendo, y los gritos y gemidos de lamento llegaban distintamente a mis oídos. Grité, estando levantada, para saber qué pasaba, ¿dónde estoy?, y ¿dónde está nuestra familia? Entonces desperté. Pero no podía contar dónde estaba, porque estaba en otro lugar fuera de mi hogar” (11 MR, 918).


Reflexiones inevitables.

Los diarios se han referido a las dos torres gemelas que cayeron junto con otros edificios inmensos como un símbolo del “poder humano”, del “poder económico”, que fue abatido. Se dio en medio del centro económico mundial, y afectó tremendamente los mercados mundiales. La ciudad de Nueva York, según todos admiten, no será nunca más la misma. Aunque destruida por manos perversas y asesinas, nadie que crea realmente en Dios puede dejar de preguntarse sobre la razón por la que Dios permitió tal acto de barbarie.

Más de 100.000 homosexuales desfilan por Nueva York todos los años. 434.000 mueren anualmente en los EE.UU solamente por el cigarrillo (1.200 por día), sin que se tomen medidas adecuadas para evitarlo. Cientos de miles más mueren por miseria económica en el resto del mundo, mientras que pocos hombres disponen de la mayor riqueza acumulada del planeta y viven en la abudancia y despilfarro. ¿Habría Dios de mantener indefinidamente su protección sobre un estado de violencia y rebelión tan grandes como la que se dan en esa “capital económica del mundo”?

Llama la atención también que en esa misma ciudad, apenas un año antes, los máximos representantes de todos los países del mundo se dieron cita por primera vez en tal magnitud. 150 presidentes de los principales países del mundo posaron para una foto, pregonando la paz, uno de los objetivos primordiales de las Naciones Unidas. Con el mismo fin, se estableció un organismo que se reunió también, apenas una semana antes también en Nueva York, rotulado “Religiones Unidas”. Todos hablan y parecen querer la paz mundial. Se auguraba un nuevo milenio que, ¡por fin!, gracias a los avances de la civilización y la globalización, iba a ser de paz. Pero en lugar de paz reaparece, repentinamente, el flagelo de la guerra y de la destrucción.

¿No será este el momento al que se refirió el apóstol Pablo, acerca del fin del mundo, cuando todo lo que ocurriese tendría una dimensión universal? Aunque todavía no es el fin, ¿quién puede negar que sea el preludio de los eventos finales? “Porque vosotros sabéis bien”, declaró el apóstol, “que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. Cuando digan: ‘¡Paz y seguridad!’, entonces vendrá sobre ellos repentina destrucción, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como un ladrón... Por tanto, no durmamos como los demás, sino vigilemos y seamos sobrios... Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5:2-9).

“A causa del aumento de la maldad”, dijo Jesús en esa tarde de anuncios proféticos a sus discípulos asombrados, “el amor de muchos se enfriará” (Mat 24:12). “En la tierra las naciones estarán en angustia, perplejas... Los hombres desfallecerán por el temor y la ansiedad de lo que vendrá sobre la tierra” (Luc 21:25-26). Pero vosotros, “cuando estas cosas empiecen a suceder, cobrad ánimo, y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (v. 28).





Fuente: Mensajes Distintivos Adventistas / "Microcosmos del Fin" (publicado en Revista Adventista , diciembre 2001). Estudio sobre las destrucciones que cayeron sobre pueblos en el microcosmos del mundo antiguo que Dios usa para ilustrar cómo será el fin del mundo. En especial, se analiza la destrucción de las dos torres gemelas de Nueva York a la luz de las anticipaciones proféticas de Elena de White.

Autor: Dr. Alberto Treiyer. (Argentina, 1948-) Teólogo e investigador sobre los mensajes bíblicos y proféticos distintivos que Dios nos dio para este tiempo.
Posee un B.A., Colegio Adventista del Plata, E. R., Argentina, M.Div. y D.Theol., Universidad de Estrasburgo, Francia.
Enseño teología en el Séminaire Adventiste du Saléve (Francia), en el Colegio Adventista de las Antillas (Puerto Rico), donde permaneció por seis años y fue director de su departamento de teología. Luego en la University of La Sierra, California y en el Columbia Union College.

Referencias: 1. E. G. de White, El Conflicto de los Siglos, p. 26. 2. Ez 22:24; Lam 2:22. 3. Isa 13:6ss; 19:16; Jer 30:5-7; Joel 1:16; Abd 12-15. 4. Isa 34:8; 63:4; Jer 46:10; 47:4; 50:27-28. 5. Eze 30:2-3. 6. “¡Ay de los que juntan casa con casa, y añaden heredad a heredad hasta que no queda lugar! ¿Habitaréis vosotros solos en la tierra? (Isa 5:8-9). 7. Cuando los juicios divinos son ejecutados por entidades malignas, a menudo sufren también justos por pecadores. Así, según una tradición judía, Jeremías murió apedreado por anunciar la destrucción de Jerusalén por los babilonios. Daniel y sus tres amigos fueron llevados cautivos, junto con otros que no perecieron en la destrucción. Se aplican también a los inocentes que sufrirían en tales circunstancias, las siguientes palabras del Señor: “No temáis a los que matan el cuerpo, que no pueden matar al alma. Antes temed a Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mat 10:28). 8. CS, 40: “La profecía del Salvador referente al juicio que iba a caer sobre Jerusalén va a tener otro cumplimiento, y la terrible desolación del primero no fue más que un pálido reflejo de lo que será el segundo. En lo que acaeció a la ciudad escogida, podemos ver anunciada la condenación de un mundo que rechazó la misericordia de Dios y pisoteó su ley..., consecuencias de haber rechazado la autoridad del Cielo... La historia de lo pasado, la interminable serie de alborotos, conflictos y contiendas, ‘toda la armadura del guerrero en el tumulto de batalla, y los vestidos revolcados en sangre’ (Isa 9:5), ¿qué son y qué valen en comparación con los horrores de aquel día, cuando el Espíritu de Dios se aparte del todo de los impíos y los deje abandonados a sus fieras pasiones y a merced de la saña satánica? Entonces el mundo verá, como nunca los vio, los resultados del gobierno de Satanás”. 9. E. de White, Profetas y Reyes, p. 269. 10. De la misma autora, en LP, 318. 11. E. G. de White, Eventos de los Últimos Días, 117. 12. Ibid, 118. 13. Ibid, 115. Usando la misma expresión, los diarios describieron los atentados contra las dos torres gemelas de Nueva York. Véase Clarín, 17 de octubre: “El ícono máximo del capitalismo mundial, reducido a polvo”. 14. Ibid. 15. Ibid. 16. JT, 280-1. 17. Carta 176, 1903. 18. Clarín, 21 de Octubre, 2001: "Está en juego nuestro futuro económico. Atacando dos grandes símbolos del mundo financiero, como las Torres Gemelas, los terroristas han intentado golpear nuestra confianza en el sistema económico mundial...".

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viernes, 8 de enero de 2010

¿Israel es parte de la profecía del fin? Por Clifford Goldstein

Cada año las universidades bíblicas gradúan a cientos de creyentes armados con los fundamentos del futurismo: la creencia de que el Armagedón se centrará en los judíos y en Israel. Oral Roberts, Kenneth Copeland, Jim Bakker, Jimmy Swaggart y miles de otros predicadores esperan que el Armagedón ocurra en Palestina. Las revistas cristianas evángelicas publican diariamente artículos que se centran en el papel profético que desempeñaran los judíos e Israel en los últimos días. “Debemos notar el hecho”, escribe un futurista, “de que todo el universo, todas las estrellas, el sol y la luna has sido subordinadas por Dios al llamamiento de Israel. ¡Esto muestra lo importante que es Israel a la vista de Dios!

Estas creencias no están confinadas a la escuela dominical. Jerry Falwell ha traído las convicciones futuristas a debates acerca de la defensa, la política exterior y el control del armamento. Pat Robertson, aspirante a presidente y entusiasta futurista, predijo en 1982 que una guerra en el Líbano llevaría a la destrucción de Rusia como potencia mundial. Las declaraciones del presidente Reagan en cuanto al Armagedón y al Medio Oriente señalan que él también ha sido influenciado por la teología futurista.

¿Cuál es el origen del futurismo? ¿Es bíblico? Y con la fuerza política creciente del cristianismo evangélico en los Estados Unidos, ¿qué efectos podría tener esto sobre el país?

El futurismo se originó con la Reforma. Martín Lutero, queriendo al comienzo reformar el papado, eventualmente lo condenó como el anticristo. “Debes estar armado con la Escritura”, escribió, “para que no sólo puedas llamar al papa anticristo, sino también para saber cómo probarlo tan claramente que puedas morir con esta convicción y estar en contra del diablo en la muerte”.

El rótulo pegó, y pronto los protestantes de todos los colores y formas estaban señalando a Roma como “el asiento del anticristo real y verdadero”. Queriendo revertir la mala publicidad, Francisco Rivera, un jesuita español, publicó un comentario en 1590 que argumentaba que el anticristo hacía referencia no a Roma sino a un individuo que se levantaría justo antes de la segunda venida de Jesús. El anticristo, decía Ribera, reinaría en Palestina y reconstruiría el templo junto con los judíos (restaurados en la tierra).

La campaña de relaciones públicas funcionó tan bien que para el siglo XIX muchos púlpitos protestantes estaban predicando distintas versiones del futurismo, especialmente en las Islas Británicas, donde el futurismo se incorporó a una teología más compleja llamada dispensacionalismo. En el siglo XX, la Scofield Reference Bible, el comentario bíblico de mayor circulación en toda la historia, promocionó el futurismo a millones por medio de su elaborado sistemas de notas de pie de página. Algunos futuristas aficionados reverencian estas notar casi tanto como las misma Escrituras.

En años recientes, el sumo sacerdote indisputado de la profecía futurista ha sido Hal Lindsey, cuyo libro The Late Great Planet Earth ha tenido más de cuarenta reimpresiones, ha sido traducido mas de treinta y un idiomas y ha vendido la cantidad astronómica de 18 millones de copias. “Antes de que los judíos fueran una nación”, escribe Lindsey, “nada era pertinente. Ahora que eso ocurrió, comenzó una cuenta regresiva de todo tipo de señales proféticas que van cayendo en su lugar”.

“La señal mas clara del regreso de Cristo”, de acuerdo con Leon J. Wood en The Bible and Future Events, “es el estado moderno de Israel”.

Esta obsesión futurista con el moderno Israel surge de las promesas que Dios hizo hace miles de años al antiguo Israel. “Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todo los pueblos que están sobre la tierra”. (Deut. 14:2). Dios prometió a los hebreos prosperidad material. “Bendito será tú en la ciudad, y bendito tu en el campo. Bendito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas. Benditas serán tus canasta y tu artesa de amasar” (Deut. 28:3-5). Incluso les prometió victorias militares: “Jehová derrotará a tus enemigos que se levantaren contra ti”. (vers. 7).

Dios prometió estas bendiciones al antiguo Israel y muchas más, porque quería que los judíos evangelizaran al mundo. Los gentiles, al ver la gran prosperidad de Israel, dirían: “Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros” (Zac. 8:23). Los gentiles vendrían a Jerusalén y se convertirían al Dios de los judíos. El templo sería llamado “casa de oración para todos los pueblos” (Is. 56:7), y “todas las naciones llamarán a Jerusalén: Trono de Jehová” (Jer. 3:17.

Sin embargo, los futuristas pasan por alto el hecho de que Dios dio estas promesas a Israel bajo la condición de la obediencia. “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos... Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra” (Deut. 28:1).

Junto con estas promesas venía una advertencia: “Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos”, entonces “maldito serás tu en la ciudad y maldito en el campo, maldito el fruto de tu vientre”. En lugar de victoria, “Jehová te entregará derrotado delante de tus enemigos; y serás vejado por todos los reinos de la tierra” (vers. 15,16,18,25).

La naturaleza condicional de la bendición es presentado muy bien en Jeremías 18:9 y 10: “En otro momento puedo hablar de construir y plantar a una nación o a un reino. Pero si esa nación hace malo ante mis ojos y no me obedece, me arrepentiré del bien que había pensado hacerles” (NVI).

Como muestra la Biblia, Israel como nación rehusó escuchar la voz del Señor. Los gentiles vinieron a Jerusalén, pero para quemar la ciudad, no para adorar allí. Tuvieron lugar todas las calamidades que el Señor había advertido que ocurrirían, hasta que Israel en verdad fue “vejado por todos los reinos de la tierra” (Deut. 28:25).

En la parábola del agricultor que plantó la viña, Jesús ilustró el fracaso de Israel. Cuando el dueño envió a sus siervos a recibir la fruta de la viña, los inquilinos los mataron uno por uno. Finalmente envió a su hijo, y lo mataron también. El dueño destruyó a los inquilinos y le dio la viña a otros. Jesús, usando la viña como símbolo de la tierra de Israel y a los inquilinos para simbolizar la infidelidad de la nación, les dijo a los líderes: “El reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él” (Mat. 21:43).

A pesar de la naturaleza condicional de la promesa, a pesar del fracaso al no cumplir con las condiciones y a pesar de la declaración de Cristo de que el reino sería quitado de Israel por su fracaso, los futuristas insisten en que la promesa del Antiguo Testamento hecha a los judíos ha permanecido válida durante casi 2000 años. Y aplican estas promesas al Estado de Israel moderno, aunque es un país secular que no ha hecho ningún pacto con Dios para vivir de acuerdo con las condiciones delineadas en la Biblia.

“Durante los últimos treinta y siete años”, escribió el futurista Win Malgo en 1985 acerca del estado judío en Palestina, “hemos sido testigos del cumplimiento progresivo de la promesa que Dios hizo al a nación de Israel”. J.Dwight Pentecost escribió que las promesas “hechas por Dios a Israel con respecto a su relación con la tierra deben ser consideradas como un pacto incondicional”.

Directamente ligado a esta insistencia errada en cuanto a que las promesas de Dios a Israel son incondicionales hay un error relacionado: el fracaso del futurismo en reconocer la enseñanza del Nuevo testamento de que la iglesia ha tomado el lugar del antiguo Israel de este lado de la cruz. En la parábola de la viña, Jesús dijo que el reino de Dios sería quitado a Israel y dado a una nación que trajera frutos. El evangelio no ha ido a una sola nación; se ha esparcido en todo el mundo. Los creyentes de todo el mundo componen el “pueblo que produzca los frutos del reino” (NVI).

Escribiendo a los cristianos esparcidos en las iglesias de todo el Medio Oriente, Pedro se dirigió a ellos con los títulos de Israel: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa” (1 Pedro 2:9). Pablo, escribiendo a los creyentes gentiles de Efeso, les recuerda que una vez estuvieron “ajenos a los pactos de la promesa”, pero que ahora son “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef. 2:12,19).

Las promesas del evangelio no excluyen al judío; se convierte en parte del Israel espiritual (la iglesia) por medio de la fe en Jesús, al igual que todos los demás. “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gál. 3:29). En Romanos 11, Pablo usa el símbolo del árbol de olivo para representar a Israel. Los judíos eran la iglesia original, “las ramas naturales”, mientras que los gentiles son las ramas del olivo “silvestre”. Por causa de la incredulidad y la desobediencia, las ramas naturales, los judíos, fueron “desgajadas”, mientras que las ramas silvestres, los gentiles, fueron “injertados”. Sin embargo, Pablo advierte a los gentiles que si desobedecen, ellos también pueden ser cortados. Pablo explicó que si la rama gentil que “por naturaleza es olivo silvestre” podía ser injertada, “¿cuánto más éstos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo?”, si (note la condición que Pablo expresa) “no permanecieren en incredulidad” (vers. 23,24).

Centenares de promesas del Antiguo Testamento que el Señor hizo al antiguo Israel permanecen sin cumplir porque Israel permaneció infiel a las condiciones. El futurismo, rechazando la idea de la condicionalidad, aplica estas promesas al Israel moderno. El resultado es una variedad de escenarios improbables para el fin del mundo. Al aplicar al Israel moderno las promesas del victorias militares hechas al antiguo Israel, los futuristas creen que Rusia será derrotada en una guerra contra los judíos.

El libro del Apocalipsis está lleno de simbolismos del Antiguo testamento y de su ambientación en la antigua Palestina. Así cono Pablo y Pedro aplicaron los títulos del Israel literal al Israel espiritual, el Apocalipsis también aplica espiritualmente los antiguos símbolos palestinos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, el Apocalipsis habla del pueblo de Dios saliendo de “Babilonia”. Sin embargo, Babilonia, un sistema religioso y político claramente falso, enemigo del pueblo de Dios en el tiempo del antiguo Israel, no ha sido una nación por más de 2000 años y, de acuerdo a Isaías, nunca sería restaurada. Por lo tanto, Juan en el Apocalipsis, no puede estar haciendo referencia a la nación literal de Babilonia. En su lugar, está usando símbolos del Antiguo Testamento literal para enseñar verdades espirituales del Nuevo Testamento: que el pueblo de Dios debe abandonar las enseñanzas de la religión falsa, es decir, la Babilonia espiritual. El futurismo, al rehusar ver las interpretaciones espirituales de estas imágenes, las aplica literalmente, lo que explica su obsesión con el Medio Oriente.

Rechazar el futurismo no significa, necesariamente, rechazar a Israel. Millones de personas que no ven significación profética en el Estado judío apoyan sin embargo el derecho de Israel a tener una patria segura. Y su apoyo viene sin todas las trampas teológicas del futurismo, que incluye, para algunos, otro holocausto. “Millones de judíos devotos”, dice Jerry Falwell, “serán asesinados nuevamente”. Con defensores como éstos, ¿quién necesita de la OLP? Sería mejor que los judíos se preocuparan por sí mismos.

Pero los judíos no son los únicos que se preocupan. Hay otros preocupados también por la manera en que esta teología popular pueda afectar la política del gobierno. Las declaraciones del presidente Reagan acerca del Armagedón, antes de las elecciones del 1984, hizo que la gente se preguntara “si la creencia aparente del presidente en un escenario bíblico particular para el fin del mundo significa que considera la guerra nuclear como un instrumento divino” (Time, 5 de noviembre de 1984). Otros también se preguntan si la descripción que hizo del presidente de Rusia como un “imperio impío” vino de la teología futurista, que describe a Rusia de la misma manera. Algunos creen que es más que una coincidencia que muchos oponentes firmes al congelamiento nuclear o la reducción de armamento sean evangélicos futuristas, cuyos escenarios para los últimos días siempre incluyen una guerra nuclear. Hal Lindsey, cuyos libros acerca de profecías bíblicas especulan con una guerra nuclear entre Norteamérica y Rusia antes de la segunda venida, dio una charla un vez a los estrategas del Pentágono acerca de ese mismo tema: la guerra nuclear entre EEUU y Rusia.

Rechazar a Lindsey y al escenario futurista para la segunda venida, sin embargo, no significa rechazar la segunda venida. Jesús fue claro, volverá, y antes de ese regreso habrá “gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo” (Mat. 24:21). Este tiempo de angustia podría incluir de un modo plausible una guerra en el Medio Oriente. Pero si es así, no será porque el Israel moderno tenga alguna significación profética en al actualidad.

Jesús también dio otra profecía específica en relación con la segunda venida. Advirtió que antes de su regreso abundarían las falsas enseñanzas, enseñanzas que, advirtió, “engañarán, si fuera posible, aun a los escogidos” (vers 24).

El futurismo no explica esta advertencia profética, ¡la cumple!


Fuente: "Como fuego en mis huesos". Este es una articulo escrito en el año 1987, parte de este libro. Ante la creencia generalizada de que Israel tiene un papel profético antes del fin, es bueno leer otra posición para poder tener un panorama mas amplio y correcto. Editor
Autor: Clifford Goldstein, prolífico escritor adventista. Editor de la Guía de estudio para adultos para la Escuela Sabática. Desde 1992 hasta 1997, fue redactor de ‘Liberty’, y 1984-1992, editor del Shabat Shalom. El tiene M.A. in Ancient Northwest Semitic Languages de la Johns Hopkins University (1992). Es autor de unos 18 libros, los más reciente son "God, Godel, and Grace" y "Graffiti in the Holy of Holies".

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