
“Durante más de cuarenta años se habían prodigado riquezas, trabajo y arte arquitectónico para enaltecer los esplendores y la grandeza de aquel templo. Herodes el Grande y hasta el mismo emperador del mundo contribuyeron con los tesoros de los judíos y con las riquezas romanas a engrandecer la magnificencia del hermoso edificio. Con este objeto habíanse importado de Roma enormes bloques de preciado mármol, de tamaño casi fabuloso”. No era de extrañar que aún los discípulos, cuyos sueños se vinculaban a esa ciudad y a Jesús como su futuro rey, se sintiesen orgullosos de semejantes construcciones.
“‘Maestro, mira qué piedras y qué edificios (Mar 13:1 [Luc 21:5: “adornado de hermosas piedras y dones”]), atinó a decirle uno de ellos. Pero los sentimientos del Señor estaban muy lejos de la vanagloria humana que tanto agrada a los mortales. Para sorpresa de todos, Jesús le respondió: “‘¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada’” (Mat 13:1-2).
Microcosmos antiguos
Las palabras tan contrastantes de Jesús sobre el templo de Dios y su ciudad culminaban, en cierta forma para el Israel antiguo, los tantos anuncios proféticos que desde la antiguedad Dios había enviado acerca del “día del Señor”. Ese día de juicio los profetas lo anticiparon para con las ciudades de sus días, cuyos pecados llegaban a un punto que rebasaban la paciencia divina. Sus ruinas fueron microcosmos ilustrativos del juicio que tendría lugar, en el fin del mundo, en el macrocosmos global y planetario, cuando los mismos pecados que las habían causado pasasen a ser la nota tónica del mundo entero.
Esto entendían también los discípulos del Señor. Al ser testigos de la venida del Mesías prometido, pensaban que si había todavía un día del Señor para volver a destruir Jerusalén, debía ser el mismo día que traería a Jesús de los cielos para terminar con este mundo de pecado. Por eso le preguntaron, momentos más tarde, “¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?” (Mat 24:3). Y cuando más tarde Jesús ascendió a los cielos, confirmando su promesa de volver, volvieron a preguntarle: ‘¿Restituirás el reino a Israel en este tiempo?” (Hech 1:6).
El día del Señor.
¿En qué consistía el “día del Señor”, según los antiguos profetas? En un día amargo, de ira, de angustia, de castigo, venganza, ruina y desolación, de tinieblas y oscuridad, “de guerra contra las ciudades fuertes y las altas torres” (Sof 1:14-15; Am 5:18-20). ¿Debía suponerse, en este contexto dramático, que Dios daba entonces, rienda suelta a caprichos personales, como es usual entre los hombres? No. Para que nadie tuviera dudas acerca de la justicia de sus castigos, lo vemos convocando a su corte celestial para una investigación o requisitoria judicial que precede a su intervención (Gén 18:20ss; Sof 1:12; Dan 7:9-10).
Es más, no sólo los ángeles debían enterarse del proceso que Dios iniciaba contra la nación señalada. También los habitantes de las ciudades que iban a ser destruidas debían enterarse. Por esta razón, los mensajeros que Dios les enviaba para anunciar el castigo, pasaban a actuar, a su vez, como reporteros del juicio (Os 7:1-2; 8:13; 9:9; 10:2; 13:12). Y a pesar de tantas advertencias divinas, el día aciago cayó tantas veces en forma inesperada sobre los incrédulos, sobre “los que reposan tranquilos sobre sus inmundicias, y piensan: ‘el Eterno ni hará bien ni mal’” (Sof 1:12).
¿Qué es lo que Dios castigaba en aquellos prototipos pequeños del día final? Ese día del Eterno, según Isaías, debía abatir “la altivez de los ojos del hombre”, y humillar “la soberbia de los hombres”, para que sólo el Señor fuese exaltado (Isa 2:11-12; 14:12-13; Jer 50:29-32). De allí que la destrucción apuntaba mayormente a los símbolos de la arrogancia humana tal como se veían patentados “sobre toda torre alta, y sobre toda muralla fortificada” de sus ciudades (Isa 2:15). ¡Cuán vanos resultaban entonces tales escudos humanos detrás de los cuales procuraban parapetarse, sin buscar refugio en el único lugar seguro que Dios ofrece! (Sal 27:5; 31:19-23; 36:7-8; 91).
Siendo que la fragilidad y temor humanos acerca del futuro inducían a muchos a pensar sólo en sí mismos a expensas del pobre, el juicio de tal día apuntaba también a sus “grandes y hermosas” propiedades injustamente obtenidas. La inmundicia moral e hipocresía espiritual que se escondía, en tales circunstancias, bajo el barniz elegante de la abundancia material, tampoco escapaban a los ojos de los profetas (Isa 2:13-14; cf. Os 4:12-14).
No todo iba a ser tinieblas y desolación, sin embargo, en el día del Señor. Al derramar su juicio sobre las ciudades malvadas, Dios no olvidó jamás a un remanente fiel al que salvó (Isa 11:11ss; 12; 30:26,29; Joel 3:16ss). Tampoco olvidaría a un resto que guardase sus mandamientos en el fin del mundo cuando, según el Apocalipsis, Dios derramaría sobre toda la tierra, las plagas que consumarían su ira (Apoc 12:17; 14:12; 15:1; 16; 17:14). En otras palabras, tanto en el microcosmos de los pueblos antiguos como en el macrocosmos planetario de hoy, el día del Señor fue y sigue siendo un día contrastante, de desgracia para el mundo, pero de liberación y redención para el pueblo de Dios.
Los juicios microcósmicos anticipan un juicio universal y final.
La Biblia habla de sólo dos juicios universales, el del diluvio que tuvo lugar hace unos 4.000 años atrás (Gen 6-8), y el del fin del mundo que tendrá lugar pronto y por fuego (2 Ped 3:6-7,10). Aparte de los 120 años de predicación de Noé, no tenemos mucha información acerca de cómo Dios previno al mundo antediluviano de la gran catástrofe que iba a tener lugar en aquel entonces. Con respecto a la segunda tragedia universal que nos aguarda, sin embargo, tenemos no sólo el anuncio de los profetas, sino también los anticipos en miniatura de los juicios que Dios dio en lo pasado. En lugar de contemplar en forma pasiva a los hombres, en espera de la gran destrucción final, vemos que Dios interviene constantemente para frenar la maldad, y evitar que la rebelión humana alcance visos universales antes del tiempo señalado.
Por el hecho de limitar sus juicios, en tales ocasiones, a lugares específicos, dejando libres otros pueblos, sus castigos deben interpretárselos como misericordiosos. Debían despertar en los hombres el sentido del peligro que corren, y la realidad del juicio que les espera. Esto lo percibió el profeta cuando reconoció que, “cuando hay juicios” divinos “en la tierra, los habitantes del mundo aprenden justicia” (Isa 26:9). Se llenan otra vez las iglesias, la gente se pregunta muchas cosas, y se vuelve más receptiva para escuchar el evangelio.
Ahora bien, ¿cuáles son los instrumentos del castigo divino? ¿Son siempre la sequía, las tempestades y las plagas? ¿Interviene siempre él, en forma directa? No. Al no haber todavía una conflagración general y global como la que debía esperarse para el fin del mundo, Dios usa a menudo, para castigar las ciudades opresoras, a otros pueblos que tampoco lo reconocen, pero cuyos pecados no han sobrepasado aún los límites de la misericordia divina.
De esta forma, el reino de Asiria pasó a ser la “vara” del “enojo” del Señor, aunque su rey ni siquiera pudo imaginárselo (Is 10:5-7). Una vez que tales instrumentos malvados cumplen el designio de Aquel que pone y quita reyes (Dan 4:17; 6:20-21), Dios decide castigar igualmente “la soberbia” y “la altivez de sus ojos” (Isa 10:10-14). “¿Se jacta el hacha ante el que corta con ella? ¿Se ensoberbece la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el bastón levantara al que lo levanta; como si la vara alzara a quien no es de madera!” v. 15).
Cuando los juicios de Dios se ejecutan a través de instrumentos crueles e inconscientes de cumplir con la voluntad divina, la Deidad simplemente juega el papel de Arbitro de todos los destinos. Retira su círculo protector de la ciudad condenada para dar libre acceso al destructor y enemigo por excelencia de Su creación. Así también ocurriría en el mundo entero, cuando los vientos de las pasiones humanas dejasen de ser retenidos por los cuatro ángeles que Dios apostó sobre los cuatro ángulos de la tierra para detener la maldad global, y demorar su destrucción final (Apoc 7:1-3; véase Dan 7:2).
¿Existen todavía microcosmos del juicio final, en esta época global?
¿Un fin del mundo sin la nación de Israel y sin su templo? Esto no podía caber en la mente de los discípulos. Siendo que en lo pasado, el día del Eterno había caído tanto sobre las naciones paganas como sobre su propio pueblo, pensaron que la ruina de Jerusalén coincidiría con la destrucción del mundo, confundiendo así el microcosmos de sus días con el macrocosmos final. Pero Jesús fue más allá de lo que ellos podían entrever a través de sus prejuicios nacionales, y con compasión les mezcló los dos acontecimientos. Cuando sus ojos se abrieran, podrían entender que la cercana destrucción de Jerusalén por los romanos no iba a ser aún el fin de todo, sino otro ejemplo o símbolo de la destrucción del mundo (cf. 1 Cor 10:6,11).
Cabe hacerse ahora la siguiente pregunta. Siendo que vivimos en el mundo en el que se cumplen las señales de repercusión universal que los antiguos profetas y apóstoles, y aún el Hijo de Dios mismo anunciaron, ¿podríamos esperar nuevos minianticipos de la destrucción final? Sí. Jesús los anticipó al describir en forma específica la época del fin. “Oiréis guerras y rumores de guerras”, anunció. Pero advirtió: “¡Cuidado! Nos os turbéis, porque es necesario que todo esto suceda, pero aún no es el fin” (Mat 24:6).
Fue en el S. XX que se dieron las primeras dos guerras mundiales que conoció nuestro mundo, y muchos creyeron que se iniciaba el fin mismo, olvidando las palabras precisas del Señor. Se reunieron los ejércitos de las naciones de nuevo, hace apenas una década, en torno a Iraq, y nuevamente comenzaron a circular versiones de la llegada del Armagedón, la última batalla del mundo de la que habla el Apocalipsis (Apoc 16:16). Pero no debía esperarse el fin aún. “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino”, continuó diciendo el Señor. “Habrá pestes, hambres y terremotos en diversos lugares. Y todo esto será principio de dolores”, es decir, juicios anticipados, de mayor escala que los que tuvieron lugar en la antiguedad, pero no todavía el fin mismo.
En tales manifestaciones limitadas de sus juicios, el Señor busca despertar la conciencia de los pueblos y de las naciones a la realidad inminente del juicio que les espera, en donde ya no habrá más misericordia (Apoc 16). Así como en la antiguedad, y “con infalible exactitud, el Infinito sigue llevando cuenta con las naciones. Mientras ofrece su misericordia, y llama al arrepentimiento, esta cuenta permanece abierta; pero cuando las cifras llegan a cierta cantidad que Dios ha fijado, el ministerio de su ira comienza. La cuenta se cierra. Cesa la paciencia divina. La misericordia ya no intercede en favor de aquellas naciones”. “Amplia es la misericordia que se extiende hacia ellos, con llamados al arrepentimiento; pero cuando la culpa de ellos llega a cierto límite que Dios ha fijado, entonces la misericordia cesa sus intercesiones, y comienza el ministerio de la ira”.
La anticipación profética de la destrucción del Centro del Comercio Mundial.
Prácticamente cien años antes que cayesen los edificios más imponentes del mundo el 11 de Septiembre del 2001 en Nueva York, una vidente adventista lo vio y adelantó las razones por las que Dios permitiría que tal desgracia cayese, en un marco equivalente al que lo habían hecho en la antiguedad los mensajeros de Dios. Lo suyo no tuvo nada que ver con Nostradamus ni ningún otro agorero o futurista al que la gente recurre hoy sin poder encontrar nada que pueda realmente orientarlos en relación con los sucesos acaecidos.
Tres años antes de la destrucción de la ciudad de San Francisco por un terremoto en 1906, E. de White declaró que no iba a pasar mucho tiempo antes que esa ciudad sufriese los juicios divinos, y anunció que se repetirían “en otras partes las escenas de la calamidad de San Francisco... Los juicios que ya han descendido”, aclaró, “son una advertencia, pero no el fin del castigo que vendrá sobre las ciudades impías”.
Que habría nuevos microcosmos de resonancia mundial se ve en la siguiente declaración de 1901. “Los deleitables monumentos de la grandeza de los hombres se harán polvo aun antes que venga la última gran destrucción sobre el mundo”. “Estas orgullosas estructuras se convertirán en ceniza”. “Las costosas mansiones, maravillas arquitectónicas, serán destruidas sin previo aviso” como “ilustración de cómo, en un momento, los edificios de la tierra caerán en ruinas”.
“Los hombres continuarán levantando costosos edificios que valen millones”, fueron sus palabras; “se dará especial atención a su belleza arquitectónica y a la firmeza y solidez con que son construidos. Pero el Señor me ha hecho saber que a pesar de su insólita firmeza y su costoza imponencia, esos edificios correrán la misma suerte del templo de Jerusalén”. En otras palabras, no quedaría en ellos “piedra sobre piedra”.
En este respecto debemos recordar que cuando Jerusalén fue destruida, la gente, buscando el oro que se derritió por el fuego y se infiltró en las rendijas, fue moviendo piedra sobre piedra que hubiese quedado, cumpliendo literalmente lo que dijo el Señor. Hay ahora toneladas de oro sepultadas en los escombros de esos edificios de Nueva York, y están removiendo también todo, no solo para limpiar el espacio, sino para llegar hasta esa impresionante sepultura.
En 1904, la misma autora volvió a escribir: "Se me hizo contemplar una noche los edificios [de Nueva York] que, piso tras piso, se elevaban hacia el cielo. Esos inmuebles que eran la gloria de sus propietarios y constructores eran garantizados incombustibles. Se elevaban siempre más altos y los materiales más costosos entraban en su construcción. Los propietarios no se preguntaban cómo podían glorificar mejor a Dios. El Señor estaba ausente de sus pensamientos. Yo pensaba: ¡ojalá que las personas que emplean así sus riquezas pudiesen apreciar su proceder como Dios lo aprecia! Levantan edificios magníficos, pero el Soberano del Universo sólo ve locura en sus planes e invenciones. No se esfuerzan por glorificar a Dios con todas las facultades de su corazón y de su espíritu. Se han olvidado de esto, que es el primer deber del hombre. Mientras que esas altas construcciones se levantaban, sus propietarios se regocijaban con orgullo, por tener suficiente dinero para satisfacer sus ambiciones y exitar la envidia de sus vecinos. Una gran parte del dinero así empleado había sido obtenido injustamente, explotando al pobre. Olvidaban que en el cielo toda transacción comercial es anotada, que todo acto injusto y todo negocio fraudulento son registrados. El tiempo vendrá cuando los hombres llegarán en el fraude y la insolencia a un punto que el Señor no les permitirá sobrepasar y entonces aprenderán que la paciencia de Jehová tiene límite. “La siguiente escena que pasó delante de mí fué una alarma de incendio. Los hombres miraban a esos altos edificios, que juzgaban incombustibles, y decían: 'están pefectamente seguros' [muchos murieron porque los instaron a volver a subir diciendo que los edificios estaban seguros], pero esos edificios fueron consumidos como sustancia resinosa. Las bombas contra incendio no pudieron impedir su destrucción. Los bomberos no podían hacer funcionar sus máquinas. Me fué dicho que cuando llegue el día del Señor si no ocurre algún cambio en el corazón de ciertos hombres orgullosos llenos de ambición, ellos comprobarán que la mano otrora poderosa para salvar, lo será igualmente para destruir. Ninguna fuerza terrenal puede sujetar la mano de Dios. No hay materiales capaces de preservar de la ruina a un edificio cuando llegue el tiempo fijado por Dios para castigar el desconocimiento de sus leyes y el egoísmo de los ambiciosos".
En 1906, E. de White volvió a tener otra visión de terror, pero en donde no se le indicó el nombre de la ciudad a la que fue llevada. ¿Se habrá debido esto a la desatinada reacción de algunos predicadores que, luego de su descripción acerca de Nueva York, comenzaron a decir que esa ciudad iba a ser destruida por un maremoto, tergiversando así sus declaraciones? Hoy, casi 100 años después, asombra ver la similitud de esa otra visión con lo que ocurrió realmente en la destrucción del Centro del Comercio Mundial.
“Estaba en una ciudad sin saber cuál, y escuché una expresión tras otra. Me levanté rápidamente de la cama, y ví desde mi ventana grandes bolas de fuego. De ellas salían chispas, en la forma de dardos, y los edificios estaban siendo consumidos. En muy pocos minutos el bloque entero de edificios estaba cayendo, y los gritos y gemidos de lamento llegaban distintamente a mis oídos. Grité, estando levantada, para saber qué pasaba, ¿dónde estoy?, y ¿dónde está nuestra familia? Entonces desperté. Pero no podía contar dónde estaba, porque estaba en otro lugar fuera de mi hogar” (11 MR, 918).
Reflexiones inevitables.
Los diarios se han referido a las dos torres gemelas que cayeron junto con otros edificios inmensos como un símbolo del “poder humano”, del “poder económico”, que fue abatido. Se dio en medio del centro económico mundial, y afectó tremendamente los mercados mundiales. La ciudad de Nueva York, según todos admiten, no será nunca más la misma. Aunque destruida por manos perversas y asesinas, nadie que crea realmente en Dios puede dejar de preguntarse sobre la razón por la que Dios permitió tal acto de barbarie.
Más de 100.000 homosexuales desfilan por Nueva York todos los años. 434.000 mueren anualmente en los EE.UU solamente por el cigarrillo (1.200 por día), sin que se tomen medidas adecuadas para evitarlo. Cientos de miles más mueren por miseria económica en el resto del mundo, mientras que pocos hombres disponen de la mayor riqueza acumulada del planeta y viven en la abudancia y despilfarro. ¿Habría Dios de mantener indefinidamente su protección sobre un estado de violencia y rebelión tan grandes como la que se dan en esa “capital económica del mundo”?
Llama la atención también que en esa misma ciudad, apenas un año antes, los máximos representantes de todos los países del mundo se dieron cita por primera vez en tal magnitud. 150 presidentes de los principales países del mundo posaron para una foto, pregonando la paz, uno de los objetivos primordiales de las Naciones Unidas. Con el mismo fin, se estableció un organismo que se reunió también, apenas una semana antes también en Nueva York, rotulado “Religiones Unidas”. Todos hablan y parecen querer la paz mundial. Se auguraba un nuevo milenio que, ¡por fin!, gracias a los avances de la civilización y la globalización, iba a ser de paz. Pero en lugar de paz reaparece, repentinamente, el flagelo de la guerra y de la destrucción.
¿No será este el momento al que se refirió el apóstol Pablo, acerca del fin del mundo, cuando todo lo que ocurriese tendría una dimensión universal? Aunque todavía no es el fin, ¿quién puede negar que sea el preludio de los eventos finales? “Porque vosotros sabéis bien”, declaró el apóstol, “que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. Cuando digan: ‘¡Paz y seguridad!’, entonces vendrá sobre ellos repentina destrucción, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como un ladrón... Por tanto, no durmamos como los demás, sino vigilemos y seamos sobrios... Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5:2-9).
“A causa del aumento de la maldad”, dijo Jesús en esa tarde de anuncios proféticos a sus discípulos asombrados, “el amor de muchos se enfriará” (Mat 24:12). “En la tierra las naciones estarán en angustia, perplejas... Los hombres desfallecerán por el temor y la ansiedad de lo que vendrá sobre la tierra” (Luc 21:25-26). Pero vosotros, “cuando estas cosas empiecen a suceder, cobrad ánimo, y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (v. 28).

Autor: Dr. Alberto Treiyer. (Argentina, 1948-) Teólogo e investigador sobre los mensajes bíblicos y proféticos distintivos que Dios nos dio para este tiempo.
Posee un B.A., Colegio Adventista del Plata, E. R., Argentina, M.Div. y D.Theol., Universidad de Estrasburgo, Francia.
Enseño teología en el Séminaire Adventiste du Saléve (Francia), en el Colegio Adventista de las Antillas (Puerto Rico), donde permaneció por seis años y fue director de su departamento de teología. Luego en la University of La Sierra, California y en el Columbia Union College.
Referencias: 1. E. G. de White, El Conflicto de los Siglos, p. 26. 2. Ez 22:24; Lam 2:22. 3. Isa 13:6ss; 19:16; Jer 30:5-7; Joel 1:16; Abd 12-15. 4. Isa 34:8; 63:4; Jer 46:10; 47:4; 50:27-28. 5. Eze 30:2-3. 6. “¡Ay de los que juntan casa con casa, y añaden heredad a heredad hasta que no queda lugar! ¿Habitaréis vosotros solos en la tierra? (Isa 5:8-9). 7. Cuando los juicios divinos son ejecutados por entidades malignas, a menudo sufren también justos por pecadores. Así, según una tradición judía, Jeremías murió apedreado por anunciar la destrucción de Jerusalén por los babilonios. Daniel y sus tres amigos fueron llevados cautivos, junto con otros que no perecieron en la destrucción. Se aplican también a los inocentes que sufrirían en tales circunstancias, las siguientes palabras del Señor: “No temáis a los que matan el cuerpo, que no pueden matar al alma. Antes temed a Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mat 10:28). 8. CS, 40: “La profecía del Salvador referente al juicio que iba a caer sobre Jerusalén va a tener otro cumplimiento, y la terrible desolación del primero no fue más que un pálido reflejo de lo que será el segundo. En lo que acaeció a la ciudad escogida, podemos ver anunciada la condenación de un mundo que rechazó la misericordia de Dios y pisoteó su ley..., consecuencias de haber rechazado la autoridad del Cielo... La historia de lo pasado, la interminable serie de alborotos, conflictos y contiendas, ‘toda la armadura del guerrero en el tumulto de batalla, y los vestidos revolcados en sangre’ (Isa 9:5), ¿qué son y qué valen en comparación con los horrores de aquel día, cuando el Espíritu de Dios se aparte del todo de los impíos y los deje abandonados a sus fieras pasiones y a merced de la saña satánica? Entonces el mundo verá, como nunca los vio, los resultados del gobierno de Satanás”. 9. E. de White, Profetas y Reyes, p. 269. 10. De la misma autora, en LP, 318. 11. E. G. de White, Eventos de los Últimos Días, 117. 12. Ibid, 118. 13. Ibid, 115. Usando la misma expresión, los diarios describieron los atentados contra las dos torres gemelas de Nueva York. Véase Clarín, 17 de octubre: “El ícono máximo del capitalismo mundial, reducido a polvo”. 14. Ibid. 15. Ibid. 16. JT, 280-1. 17. Carta 176, 1903. 18. Clarín, 21 de Octubre, 2001: "Está en juego nuestro futuro económico. Atacando dos grandes símbolos del mundo financiero, como las Torres Gemelas, los terroristas han intentado golpear nuestra confianza en el sistema económico mundial...".