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jueves, 28 de julio de 2011

El sermón apocalíptico de Mateo 24. Por Alberto Treiyer

Introducción

Las palabras tan contrastantes de Jesús sobre el templo de Dios y su ciudad culminaban, en cierta forma para el Israel antiguo, los tantos anuncios proféticos que desde la antigüedad Dios había enviado acerca del “día del Señor”. Ese día de juicio los profetas lo anticiparon para con las ciudades de sus días, cuyos pecados llegaban a un punto que rebasaban la paciencia divina. Sus ruinas fueron microcosmos ilustrativos del juicio que tendría lugar, en el fin del mundo, en el macrocosmos global y planetario, cuando los mismos pecados que las habían causado pasasen a ser la nota tónica del mundo entero.


Esto entendían también los discípulos del Señor. Al ser testigos de la venida del Mesías prometido, pensaban que si había todavía un día del Señor para volver a destruir Jerusalén, debía ser el mismo día que traería a Jesús de los cielos para terminar con este mundo de pecado. Por eso le preguntaron, momentos más tarde, “¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?” (Mat 24:3). Y cuando más tarde Jesús ascendió a los cielos, confirmando su promesa de volver, volvieron a preguntarle: ‘¿Restituirás el reino a Israel en este tiempo?” (Hech 1:6).

1. Microcosmos del fin

Este es el título de un artículo reciente que escribí, por pedido, para la revista Vida Feliz. Allí vinculo la destrucción de las torres gemelas con las predicciones del Espíritu de Profecía. También, por analogía, con la introducción al sermón profético de Jesús y otras profecías que anunciaron la destrucción de algunas ciudades impías del mundo antiguo, incluyendo la vieja Jerusalén.

“‘Maestro, mira qué piedras y qué edificios (Mar 13:1 [Luc 21:5: “adornado de hermosas piedras y dones”]), atinó a decirle uno de ellos. Pero los sentimientos del Señor estaban muy lejos de la vanagloria humana que tanto agrada a los mortales. Para sorpresa de todos, Jesús le respondió: “‘¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada’” (Mat 13:1-2).

¿En qué consistía el “día del Señor”, según los antiguos profetas? En un día amargo, de ira (Ez 22:24; Lam 2:22), de angustia (Isa 13:6ss; 19:16; Jer 30:5-7; Joel 1:16; Abd 12-15), de castigo, venganza, ruina y desolación (Isa 34:8; 63:4; Jer 46:10; 47:4; 50:27-28), de tinieblas y oscuridad (Eze 30:2-3), “de guerra contra las ciudades fuertes y las altas torres” (Sof 1:14-15; Am 5:18-20). ¿Qué es lo que Dios castigaba en aquellos prototipos pequeños del día final?

Ese día del Eterno, según Isaías, debía abatir “la altivez de los ojos del hombre”, y humillar “la soberbia de los hombres”, para que sólo el Señor fuese exaltado (Isa 2:11-12; 14:12-13; Jer 50:29-32). De allí que la destrucción apuntaba mayormente a los símbolos de la arrogancia humana tal como se veían patentados “sobre toda torre alta, y sobre toda muralla fortificada” de sus ciudades (Isa 2:15). ¡Cuán vanos resultaban entonces tales escudos humanos detrás de los cuales procuraban parapetarse, sin buscar refugio en el único lugar seguro que Dios ofrece! (Sal 27:5; 31:19-23; 36:7-8; 91).

A lo largo de los siglos Dios usó el mismo método para referirse al fin del mundo a través de juicios locales y correspondientes a una sola nación o ciudad. La caída del “ícono máximo del capitalismo mundial” (Clarín, 17 de octubre, 2001), tampoco fue el fin, sino un preludio o anticipación del fin. Fuera del diluvio universal y del fuego final, no hay ningún macrocosmos que hubiese estado predicho a través de los microcosmos de los pueblos antiguos. Desde ese pequeño mundo palestino al que le estaba llegando también su hora, Jesús quería llevar a sus discípulos a realidades universales.

2. Hacia el macrocosmos

Siempre hubo guerras, pestes, hambres y terremotos (Mat 24:6-7). Pero cuando tales tragedias típicas de un mundo en pecado se multiplicasen y adquiriesen dimensiones universales, entonces sabríamos que el fin estaría cerca (v. 6úp,8). ¿Cómo sabemos que estas palabras de Jesús se cumplen hoy? No es necesario bautizar el siglo que pasó con nombres nuevos, ya que todos, crédulos e incrédulos cuentan la tragedia de dos guerras mundiales, lo que no ha sido sino “principio de dolores” en relación con los sucesos finales.

Desde un mismo principio los discípulos del Señor tuvieron que padecer persecución, pero el aborrecimiento del cual se harían objeto por llevar el Nombre de Cristo sería universal (v. 9), como universal debía ser también la predicación del evangelio (v. 14). Hoy estamos llevando el Nombre de Cristo “a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apoc 14:6), pero “la ira de las naciones” (Apoc 11:18) está todavía contenida (Apoc 7:1-3), esperando ser suelta para la última tribulación (Apoc 12:17).

Entonces vendrá el fin, “y todas las naciones de la tierra se lamentarán”, mientras que el Señor enviará a sus ángeles para juntar “a sus elegidos de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mat 24:30-31). Sí, el relámpago que ilustra la naturaleza visible de la venida del Señor no se mostraría en Jerusalén ni en el pequeño mundo de Judea, ni “en las cámaras” o lugares cerrados y ocultos (v. 23,26), sino en una dimensión mundial, “del oriente al occidente” (v. 27). Ya que todos estarían entonces confrontados con el segundo y último macrocosmos de destrucción del planeta, equivalente en su proyección de inmoralidad y castigo universales al primero (Mat 24:37-39). Por esa misma razón, el juicio final no estaría confinado a Jerusalén, Roma o algún otro lugar, sino que comprendería a “todas las naciones” (Mat 25:32).

Siempre hubo engaño en materia religiosa. Falsos cristos, falsos profetas (v. 4-5,11), a quienes el diablo engaña para que engañen. Pero ese tipo de engaño se multiplicaría en forma especial en la época del fin (v. 11), con manifestaciones de engaño mayores que lo común que sacudirían, inclusive, a los mismos escogidos (v. 24; 2 Tes 2:9-12). Libre de los prejuicios y limitaciones nacionalistas que compartió con los demás discípulos al principio, Juan puede describir 60 años más tarde la extensión universal de ese engaño, advirtiendo que abarcaría a “los habitantes de la tierra” (Apoc 13:14), y a los gobernantes “de todo el mundo” (Apoc 16:13-14).

3. La “abominación asoladora” (Mat 24:15)

Volviendo al microcosmos que preocupaba especialmente a sus discípulos, Jesús les anticipó que la imposición de los estandartes idolátricos paganos sobre el predio contiguo al templo, algo abominable para los judíos, sería la señal que permitiría a los cristianos saber exactamente cuándo debían abandonar no sólo Jerusalén, sino también las regiones circundantes (Mat 24:16-18). En su huída debían evitar ser atrapados por sus compromisos comerciales o sociales (véase Luc 21:34-36), no fuese que les pasase lo que le pasó a la mujer de Lot (Luc 17:32-33). Siendo que no debían preocuparse por salvar lo que pudiesen de sus pertenencias (v. 17-18), el Señor les aconsejó orar para que su huída no se diese ni en sábado ni en invierno (v. 20).

Pero, ¿a cuál de las abominaciones mencionadas por Daniel se refirió Jesús? Siendo que Dan 11:31 y 12:11 rinden “abominación” en singular, como en Mat 24:16, algunos han pensado que Jesús se refirió a uno de esos dos pasajes, o a ambos. El contexto de la destrucción del templo literal de Jerusalén tiene que ver, sin embargo, con Dan 9:26-27. Después de la última semana profética que correspondía a los judíos (v. 24), después de la muerte de su Mesías a la mitad de esa semana en que el sacrificio regular perdería toda validez celestial (v. 25-26), vendría el asolador que traería las “abominaciones” hasta que la ruina decidida cayese sobre el asolador (v. 27). Es obvio que esas “abominaciones” se refieren no sólo a la invasión romana que destruyó el templo, sino también a la otra que vendría después sobre el pueblo del nuevo pacto bajo la Roma cristiana apóstata.

Captando, sin duda, que algunos podrían confundirse con respecto a las dos diferentes abominaciones de las que habló Daniel, Jesús agregó: “el que lee, entienda”. Siendo que esa expresión la usó el Señor cuando habló en parábolas (Mat 15:10,15-17; Mar 7:14-18), uno podría inferir que al señalar la abominación sobre la Jerusalén terrenal, el Señor quiso que se la entendiese como parábola o símbolo de la abominación que sería puesta en medio de la iglesia cristiana, tal como las otras dos declaraciones de Daniel lo habían anticipado (11:31; 12:11; véase 2 Tes 2:3-4). Esa abominación, desde que fuese implantada en forma oficial en el cristianismo, duraría 1290 días-años y causaría una tribulación que se extendería por 1260 días-años (Dan 7:25; Apoc 11:2-3; 11:6,14; 13:5). Véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement. From the Pentateuch to Revelation (Siloam Springs, 1992), 339-346.

Captando la similitud de los dos eventos, el de la Roma pagana sobre la Jerusalén terrenal y el de la Roma papal sobre la Jerusalén espiritual (Apoc 11:2), varios intérpretes han visto también en Dan 11:31, durante la mayor parte del S. XX, esa doble dimensión. Sin embargo, hacia fines del S. XX, como resultado de estudios sobre hermenéutica (interpretación) bíblica, nuestros teólogos pudieron distinguir entre las profecías condicionales que pueden tener una doble dimensión, y las profecías apocalípticas que no son condicionales y que, por consiguiente, no dan margen a una doble o triple interpretación. Dan 11:31 y 12:11 son vistos (como antes, pero ahora en forma exclusiva como algunos también los habían visto antes), como referencia a la Roma medieval, la única que fue enmarcada con fechas proféticas (Dan 7:25; 12:11; Apoc 11:2-3; 14:6,14; 13:5).

En el sermón profético de Jesús, sin embargo, no hay fechas proféticas. Su visión apocalíptica fue adaptada a la comprensión de sus discípulos, con el propósito de llevarlos del microcosmos de sus días al macrocosmos del fin.

“Mezcló la descripción de estos dos acontecimientos... Por misericordia hacia ellos, fusionó la descripción de las dos grandes crisis, dejando a los discípulos estudiar por sí mismos el significado. Cuando se refirió a la destrucción de Jerusalén, sus palabras proféticas llegaron más allá de este acontecimiento hasta la conflagración final de aquel día en que el Señor se levantará de su lugar para castigar al mundo por su iniquidad... Este discurso entero no fue dado solamente para los discípulos, sino también para aquellos que iban a vivir en medio de las últimas escenas de la historia de esta tierra”, DTG, 566-567.

En base a este hecho, y sin negar que el día ni la hora nadie lo sabe de su venida, sino sólo Dios en su sola potestad, se ha sugerido recientemente que la época de su venida se dará, no importa el año en que Dios escoja, en el otoño del cono norte. Si es que el clamor de su pueblo porque la huída no sea ni en sábado ni en invierno, es tenido en cuenta por el Señor como lo fue en ocasión de la destrucción de Jerusalén, no podría tratarse del verano del cono norte porque, en ese caso, en el sur sería invierno. En un mundo global, quedan como opciones la primavera y el otoño. Y siendo que el otoño corresponde a la época de las fiestas finales, se lo ha sugerido como la época más probable de su venida. (A. Lista, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío [Bs.As., 1999]).

4. La “gran tribulación” (Mat 24:21,29)

El hecho de que algunos eventos estuviesen fusionados en el discurso de Jesús, no significa que su discurso careciese de orden. Cristo anunció entonces “algunos de los acontecimientos más importantes de la historia del mundo y de la iglesia desde su primer advenimiento hasta su segundo; a saber, la destrucción de Jerusaén, la gran tribulación de la iglesia bajo las persecuciones paganas y papales, el obscurecimiento del sol y de la luna, y la caída de las estrellas. Después, habló de su venida...”, Conflicto de los Siglos, 444. Correspondía ir, sin embargo, a las profecías de Daniel y Apocalipsis para determinar a cuál de esas dos tribulaciones, la pagana y la papal, se refirieron mediante fechas proféticas.

Después de describir la destrucción de Jerusalén, Jesús pasa a referirse a la “gran tribulación” medieval que llevó a los papas a exterminar a millones de personas que se le opusieron a lo largo de los siglos.

“Entre estos dos acontecimientos [la destrucción de Jerusalén y la 2da. Venida], estaban abiertos a la vista de Cristo largos siglos de tinieblas, siglos que para su iglesia estarían marcados con sangre, lágrimas y agonía. Los discípulos no podían entonces soportar la visión de estas escenas, y Jesús las pasó con una breve mención. ‘Habrá entonces grande aflicción [tribulación]—dijo—cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será... Durante más de mil años iba a imperar contra los seguidores de Cristo una persecución como el mundo nunca la había conocido antes. Millones y millones de sus fieles testigos iban a ser muertos...”, Deseado de todas las Gentes, 584.

De un autor católico moderno leemos la siguiente confesión: “Comparado con la persecución” medieval, “la persecución de los cristianos por los romanos en los primeros tres siglos después de Cristo fue un procedimiento suave y humano... Debemos colocar la Inquisición... entre las más oscuras manchas en el registro de la humanidad, pues revela una ferocidad desconocida en ninguna bestia”. “La crueldad y la brutalidad fueron aparentemente más frecuentes en la Edad Media que en ninguna civilización antes de la nuestra”, W. Duran, The Age of Faith, 784, 829.

Tres tribulaciones apocalípticas

Tanto Daniel como Juan en el Apocalipsis hablaron de tres tribulaciones que tendrían que ver con Roma en su fase pagana (primera) y papal (las dos restantes). De la persecución romana de los césares paganos se refirió Juan en Apoc 1:9, cuando se consideró a sí mismo compañero “en la tribulación” de los miles de cristianos que sufrían bajo el yugo imperial. También se refirió Jesús a esa tribulación que sufrieron los apóstoles bajo el poder opresor de Roma y de las naciones que gobernaban bajo su autoridad en Mat 24:9-10. De la segunda tribulación, la que está enmarcada en fechas cuyo cumplimiento histórico está confirmado en forma asombrosa, se refirió Jesús más específicamente como “gran tribulación”.

Daniel habló del poder intolerante que la causó, el papado romano, en términos de duración que se extendería por “tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo” (7:25; 12:6-7), es decir, por 1260 días-años, según la confirmación adicional de Juan (Apoc 11:2-3; 12:6,14; 13:5).

En referencia a los sucesos del tiempo del fin que se verían enmarcados por el juicio investigador previo, el aumento de la ciencia, la angustia o tribulación final y la liberación del pueblo de Dios (Dan 12:1-4), uno de los ángeles preguntó al varón vestido con el ropaje sacerdotal del Día de la Expiación: “¿Cuándo se cumplirán estas cosas extraordinarias?” (v. 5-6). La palabra “cosas extraordinarias” o “maravillas” es la traducción de la raíz hebrea pele’, fácil de recordar por el mundo del deporte debido a un jugador famoso a quien apodaron con una pronunciación equivalente. Aparece 16 veces en la Biblia hebrea, y se refiere a cosas maravillosas o sorprendentes no sólo desde una perspectiva positiva, sino también, y a menudo, negativa. Así, se describen los juicios de Dios mediante ese término que se dan, por ejemplo, con la destrucción de una ciudad o de un imperio (Ex 15:11; Isa 25:1-2), o mediante “un prodigio grande y espantoso” (Isa 29:14). La justicia de Dios revelada en tales juicios es algo extraordinario también (Sal 88:12 [13]).

“Todo eso” [kol ’eleh], referente a todo lo que ocurriría en el “tiempo del fin”, “se cumplirá” según escuchó Daniel, “cuando se acabe de quebrantar el poder del pueblo santo”, luego de “un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo” (Dan 12:7). En otras palabras, eso tendría lugar luego de la “gran tribulación”. Pero entonces Daniel intervino y preguntó: “Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas [’eleh]? (v. 8). Se le respondió que su comprensión estaba sellada para “el tiempo del fin”.

Nuevamente el ángel le refiere la gran tribulación que purificaría mediante el horno de la aflicción a los que pasasen por ella (v. 10; cf. 11:35; Apoc 6:9-11). 1290 días-años duraría la “abominación asoladora” y el quitamiento del “continuo” (v. 11), todo lo cual precedería al juicio final. “Feliz el que espere y llegue” al día en que en el cielo se iniciase el juicio investigador, al cabo de 1335 días-años, cuyo propósito sería vindicar a los santos y darles el reino (v. 12). También Daniel se levantaría entonces, luego de ese juicio, “para recibir” su “herencia” (v. 13; cf. 7:22).

Interpretaciones futuristas que tienden a confundir

En años recientes, algunos han querido vincular los 1290 días-años y los 1335 días-años de Daniel 12:11-12 con el fin del tiempo de gracia y la 2da. Venida de Cristo o algo relacionado con esos eventos finales. Para ello han interpretado los días en forma literal, sin relación con años. Pero esa interpretación carece de consistencia porque se contradice con el principio bíblico de “día por año” para las profecías apocalípticas, claramente confirmado por la exégesis bíblica así como por su cumplimiento histórico.

Por otro lado, las profecías fechadas no tienen doble cumplimiento, en relación con épocas distintas. Los 400 años de cautividad israelita en Egipto no volvieron a cumplirse. Los 70 años de cautividad en Babilonia tampoco volvieron a cumplirse. Las 70 semanas de Dan 9 no volverán a tener cumplimiento. Tampoco los 1260, 1290, 1335 y 2300 días-años que ya se cumplieron en la historia y no debe esperarse un doble cumplimiento para el futuro. Los que en nuestras filas han intentado poner para el futuro lo que ya se cumplió, se basan en una declaración del Espíritu de Profecía sin tener en cuenta las numerosas declaraciones que dió para negar que habría un espacio enmarcado en tiempo que se daría luego de 1844 (véase Apoc 10:7).

La cita del Espíritu de Profecía que ha sido utilizada se refiere a la tribulación final (la tercera si seguimos la relación con Roma, ahora en su fase papal y última).

“Así como el sitio de Jerusalén por los ejércitos romanos fue la señal para que huyesen los cristianos de Judea, así la asunción de poder por parte de esta nación [los EE.UU], con el decreto que imponga el día de descanso papal, será para nosotros una amonestación. Entonces será tiempo de abandonar las grandes ciudades, y prepararnos para abandonar las menores en busca de hogares retraídos en lugares apartados entre las montañas”, Maranata, 178.

Que tanto los estandartes romanos idólatras en tierra santa como la imposición de un falso día de reposo que no honra a Dios conforme a lo que él indicó en sus mandamientos sean una “abominación”, aunque ella no lo mencione aquí, no es algo que necesite discutirse. Pero, ¿hay algo que nos permita vincular esta declaración suya con el período de abominación mencionado en Dan 12:11? De ninguna manera. Para hacerlo, tendríamos que pasar por encima de muchas otras declaraciones suyas que fueron terminantes con respecto a algún tipo de fecha futura.

Nuestra interpretación de Apoc 10:7 sigue en pie. El pasaje no dice que el tiempo seria corto, según algunas versiones han tratado de traducirlo, sino que "el tiempo [profético] no será más".

"Este tiempo, que el Angel declara con un solemne juramento, no es el fin de la historia de este mundo, ni del tiempo de prueba, sino del tiempo profético que debía preceder a la venida del Señor. Esto es, la gente no tendrá otro mensaje sobre tiempo definido (Apoc 10:4-6). Después de este periodo de tiempo que llega de 1842 a 1844, no puede haber una delineación definida de tiempo profético. El recuento más largo llega al Otoño de 1844," Ms 59, 1900.

"Al Señor le había placido mostrarme que no habría tiempo definido en el mensaje dado por Dios desde 1844," 2MS: 83 (1885).

"Nuestra posición ha sido de esperar y velar, con ninguna proclamación de tiempo entre el cierre de los periodos proféticos en 1844 y el tiempo de la venida del Señor". 10MR:270 (1888).

Con este contexto tan claro, no se puede entender de otra manera una cita del Espíritu de Profecía que tiene que ver con la respuesta de ella a un hombre que la acusaba de varias cosas. Dijo que "le hablamos a él de algunos de sus errores en el pasado, que los 1335 días habían terminado y [le dijimos] muchos de sus errores," París, Maine, 27 de Noviembre de 1850.

"Algunos tomarán la verdad que se aplica a su tiempo y la colocarán en el futuro. Acontecimientos de la secuencia profética que se han cumplido en el pasado son colocados en el futuro, y así es como, a causa de esas teorías, se debilita la fe de algunas personas. Según las instrucciones que al Señor le ha complacido darme, Ud. esta en peligro de llevar a cabo la misma obra al presentar a otros verdades que ya tuvieron su lugar y realizaron su obra especifica para ese tiempo en la historia de la fe del pueblo de Dios. Ud. acepta como verdaderos estos hechos de la historia bíblica, pero los aplica al futuro. Todavía mantienen su fuerza en su lugar debido en la cadena de los acontecimientos que nos han convertido en el pueblo que hoy somos, y como tales deben presentarse a los que moran en las tinieblas del error," 2 MS: 117-118.

5. Las señales estelares de la cercanía del fin.

La tendencia al futurismo—que se manifiesta en procurar empujar hacia adelante lo que ya se cumplió—en relación con la “gran tribulación” medieval a la que se refirió Jesús, conduce a otro problema que algunos han querido también introducir en nuestra iglesia, ya tocando los bordes del tercer milenio. Si la tribulación a la que se refirió Jesús es la final que se da al concluir el juicio celestial (Dan 12:1), no la que debía preceder a su inicio, entonces el gran terremoto de Lisboa en 1755, el día oscuro en 1780, y la caída de las estrellas en 1833, todos precediendo al juicio que comienza en el cielo en 1844 (Dan 8:14), no tuvieron nada que ver con lo que anunció el Señor y lo confirmó en el sexto sello en el Apocalipsis (Apoc 6:12-13). ¿En qué quedaría la historia de nuestra Iglesia, bajo una interpretación tal? Cualquiera puede imaginárselo.

Es cierto que en el Antiguo Testamento Dios dio señales estelares en relación con los microcosmos del fin (Joel 2:30-31). La destrucción de Jerusalén en el año 70 fue precedida también por señales estelares macabras que presagiaban el fin.

“Aparecieron muchas señales y maravillas como síntomas precursores del desastre y de la condenación. A la medianoche una luz extraña brillaba sobre el templo y el altar. En las nubes, a la puesta del sol, se veían como carros y hombres de guerra que se reunían para la batalla... Temblaba la tierra...”, CS, 32-33.

El anuncio de Jesús, así como el que confirmó a Juan, debía darse luego de la “gran tribulación” del quinto sello (Mat 24:21,29; Apoc 6:9-10). Aunque el período de tribulación culminaba, según Daniel y Juan, en 1798 (1260 días-años), con el juicio al papado romano cuyo poder político recibió un golpe mortal (Apoc 13:3), la tribulación o persecución o angustia que había causado el papado romano durante tanto tiempo había sido acortada por misericordia divina. Inmediatamente después de esa persecución que fue acortada antes de recibir su golpe mortal, se darían las señales estelares.

“La persecución contra la iglesia no continuó durante todos los 1260 años. Dios, usando de misericordia con su pueblo, acortó el tiempo de tan horribles pruebas. Al predecir la ‘gran tribulación’ que había de venir sobre la iglesia, el Salvador había dicho: ‘Si aquellos días no fuesen acortados, ninguna carne sería salva; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados’ (Mat 24:22). Debido a la influencia de los acontecimientos relacionados con la Reforma, las persecuciones cesaron antes del año 1798”, CS, 309-310.

“Después de describir el largo período de prueba por el que debía pasar la iglesia, es decir, los 1260 años de la persecución papal, acerca de los cuales había prometido que la tribulación sería acortada, el Salvador mencionó en las siguientes palabras ciertos acontecimientos que debían preceder su venida y fijó además el tiempo en que se realizaría el primero de estos” (cita Mar 13:24). Los 1260 días, o años, terminaron en 1798. La persecución había concluído casi por completo desde hacía casi un cuarto de siglo. Después de esta persecución, según las palabras de Cristo, el sol debía obscurecerse”, CS, 351.

¿Debía el terremoto del sexto sello considerárselo como el más grande de la historia? En absoluto. Una de las señales de la cercanía del fin tendría que ver con un incremento de “terremotos en diversos lugares” (Mat 24:7). Pero uno de ellos, descripto como “un gran terremoto” (Apoc 6:12), daría inicio a las señales relativas al “tiempo del fin”. Ninguno de los terremotos que se dieron en China o en la India fueron seguidos por el oscurecimiento de un día y la lluvia de meteoros predicha. Las señales debían ser enviadas a los discípulos del Señor, es decir, a quienes iban a entenderlas, en el mundo cristiano.

Lo mismo puede decirse del oscurecimiento del sol, cuya causa no se conoce plenamente aún. No hay testimonios históricos de incendios de bosques que se hubiesen dado en el lugar del oscurecimiento, de tal magnitud como para abarcar tanto territorio como el que presenció ese evento. Tampoco debía esperarse que la lluvia de meteoros fuese causada por eventos sobrenaturales, ni tampoco debía esperarse que no volviesen a repetirse. Claro está, el orden de los eventos y el efecto causado no iban a ser igualados.

Según el Apocalipsis, habría un terremoto final que destruiría todas las obras de los hombres, en la última plaga, sepultaría islas y barrería con todas las montañas (Apoc 6:14; 16:18-20). Es el mismo terremoto final que cierra todas las series apocalípticas, no el que las inicia (Apoc 8:5; 11:19; 16:18-20). No se daría como señal precursora para que levantemos nuestras cabezas, sabiendo que nuestra “redención está cerca” (Luc 21:28). Tendría lugar en el mismo fin, luego que el cielo se enrollase (o corriese) “como un pergamino” para que desde la tierra pudiese verse venir al Señor en toda su gloria (Apoc 6:14), y los impíos clamasen a los montes y a las rocas que caigan sobre ellos, algo que el Señor cumplirá (v. 15-16).

En otras palabras, ninguna otra señal cósmica del Apocalipsis reservada para el fin mismo, puede relacionársela con las preliminares que aparecen al iniciarse el 5to. sello, luego de la gran tribulación medieval de la que advirtió Jesús en su sermón profético. Con respecto a la serie de eventos cataclísmicos que concluirían cada serie, el Espíritu de Profecía los ubicó en el fin también, no como señal precursora, sino como culminación de las séptuples series proféticas del Apocalipsis.

“Una crisis había llegado en el gobierno de Dios. La tierra estaba llena de transgresión. Las voces de los que habían sido sacrificados a la envidia y odio humanos estaban clamando bajo el altar por retribución [referencia al 5to. sello]. Todo el cielo estaba preparado para ir, a la voz de Dios, en socorro de sus elegidos. Una palabra de él, y los relámpagos del cielo habrían caído sobre la tierra, llenandola con fuego y llamas. Pero Dios tenía que hablar, y habrían habido truenos y relámpagos y terremotos y destrucción”, en RH, 5, 7-17-1900.

Contrastes entre la tribulación medieval y la final.

Llama la atención a la manera en que Jesús se refirió a la tribulación medieval. Por su extensión y crueldad, algo confirmado en la historia humana, según ya vimos, esa tribulación sería única, “como nunca hubo desde el principio del mundo, ni habrá después” (Mat 24:21). Daniel se refirió con términos equivalentes, sin embargo, a la tribulación final que será corta, y en donde los poderes de este mundo no podrán prevalecer como sucedió durante la gran tribulación medieval (Dan 7:25; Apoc 13:7). “En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran Príncipe que se pone de pie por tu pueblo. Y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces. Pero en ese tiempo será librado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro” (Dan 12:1).

Es indudable que esa tribulación que sucede al juicio y a las señales del fin, es también única pero por motivos diferentes. Es la tribulación que se dará no sólo porque los redimidos de la última generación tendrán que permanecer en pie ante los poderes de este mundo que procurarán destruirlos a menos que una marca les sea impuesta (Apoc 13:4,15-17), sino también por tener que permanecer en pie ante la ira del Cordero, con el fallo de la corte celestial ya tomado y en espera a conocer su resultado (Apoc 6:17-18; 14:9-12).

Conclusión

¿Cuántas señales quedan por cumplirse para que venga el Señor? ¡Casi todas se han cumplido! Sin embargo, los vientos de las pasiones humanas, de la persecución o tribulación final, siguen contenidas (Apoc 7:1-2). La tormenta está lista para estallar. Pero por misericordia a quienes deben ser sellados, Dios sigue estirando el tiempo de oportunidad (v. 3). ¡Cuánta paciencia divina! ¡Cuánta misericordia!

La última señal que se dará antes que expire el tiempo de gracia será la imposición de la “marca de la bestia” (Apoc 13:15-18). La siguiente tendrá que ver con la primera plaga del Apocalipsis. Y la última señal que se dará del fin mismo será la nube que envuelve al Salvador.

“Pronto aparece en el este una pequeña nube negra, de un tamaño como la mitad de la palma de la mano. Es la nube que envuelve al Salvador y que a la distancia parece rodeada de obscuridad. El pueblo de Dios sabe que es la señal del Hijo del hombre”, Conflicto de los Siglos, 698.





Fuente: Mensajes Distintivos Adventistas
Autor: Dr. Alberto Treiyer. Teólogo e investigador sobre los mensajes bíblicos y proféticos distintivos que Dios nos dio para este tiempo.
B.A., Colegio Adventista del Plata, E. R., Argentina, M.Div. y D.Theol., Universidad de Estrasburgo, Francia.
Nota: originalmente publicado el 23 de diciembre de 2008 en esta misma sección de Ojo Adventista




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miércoles, 25 de agosto de 2010

¿A quién se parecerá el anticristo? Por Ed Dickerson

¿Reconocería usted al anticristo si apareciera hoy? ¿Qué dice la Biblia sobre este misterioso personaje profético?
En la escuela secundaria trabajé durante un tiempo en una imprenta. El gerente se complacía en contar un chiste sobre el peor falsificador del mundo. Este sujeto, supuestamente había hecho una copia perfecta de un billete, solo que se trataba un billete de 19 dólares, y la había hecho con un centímetro de más. El gerente de la imprenta se disolvía en risas cada vez que contaba el chiste, por eso lo recuerdo todavía. Y cada vez que surge el tema del anticristo, recuerdo el viejo chiste de mi ex jefe, porque el anticristo es la falsificación más grande de todas.

Y solo hay un falsificador con suficiente habilidad y experiencia como para forjar el gran engaño final. Por supuesto, estoy hablando del diablo, el falsificador consumado. No solo inventó la falsificación y el engaño, sino que lo ha estado perfeccionando durante miles de años. El anticristo será el engaño definitivo de parte del diablo, su obra maestra. Esta falsificación será la mejor de todos los tiempos, de hecho, engañará, “si fuese posible, aun a los escogidos” (S. Marcos 13:22).

Y este es el problema que tengo con algunas representaciones del anticristo. Tienden a enfatizar la parte del “anti” y excluyen la parte de “Cristo”. Las representaciones populares del anticristo por lo general lo pintan como siniestro y malo. Por ejemplo, Nicolae Carpathia, el personaje del anticristo en los libros y videos de Left Behind (Dejados atrás), es un político maquinador y asesino, proveniente, ni más ni menos, de Rumania; así que habla con el mismo acento que asociamos con Drácula. ¿Será que la gente cree que guarda algún parecido con Cristo? No es exactamente sutil, y probablemente nadie lo confundiría con Cristo.

Ángel de luz

Sin embargo, esa es la razón de ser del anticristo. Él no es meramente el adversario de Cristo, sino un usurpador, un impostor, un pretendiente al trono, alguien que desea lo que Cristo tiene y pretende ser como él. En especial busca ser adorado. Para conseguir lo que quiere, para persuadir a la gente a adorarlo, tiene que convencerlos de que él es el Cristo. La falsificación por fuerza debe parecerse al producto genuino.

Por supuesto, las personas tienen diferentes ideas acerca de la apariencia de Jesús, pero nadie sabe con certeza. La Escritura nos advierte, sin embargo, que “Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14). La expresión “ángel de luz” concuerda bastante con la idea de engañar. Algo impresionante, pero un tanto difuso.

Un llamamiento a nuestras aspiraciones más elevadas

La Biblia no nos da ninguna información acerca de la apariencia física del anticristo, pero sí nos dice cómo son sus acciones, porque sabemos el tipo de cosas que Jesús dijo e hizo. Y es seguro afirmar que el anticristo hablará palabras hermosas y de paz. Sin duda hablará de amor, paz, justicia y fraternidad universal, porque eso es lo que la gente espera. De hecho, esta apelación a nuestros más elevados ideales y aspiraciones es lo que hará que sus mentiras sean tan irresistibles.

El deseo original de Lucifer, que llevó a su caída del cielo, fue llegar a ser “semejante al Altísimo” (Isaías 14:14), ser como Dios mismo. Y utilizó esa misma tentación con Eva. Le dijo que si comía de la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal, sus ojos se abrirían y ella sería como Dios (Génesis 3:5). Ser como Dios suena a algo sumamente bueno. El gran seductor esconde con frecuencia sus tentaciones bajo una bondad aparente.

Vemos esto demostrado en la película Lutero (2003), en la que un joven idealista llamado Aleandro llega a Roma. En el Vaticano, un cardenal le pregunta:

—¿Cuál es tu mayor deseo?
—Servir a Dios con todo mi corazón —responde Alejandro.
—Entonces, en base a esto serás tentado —le advierte el cardenal.

Conforme avanza la película, vemos cómo el deseo de Aleandro de servir a Dios lo lleva a la traición, al secuestro y al asesinato. Así es cómo funciona el demonio: nos ofrece lo mejor para conseguir que hagamos lo peor.

En el desierto, el diablo ofreció a Jesús cosas buenas, incluso bendiciones. Le dijo a Jesús que le daría el pan para sostener su vida, una oportunidad para demostrar el cumplimiento de la promesa de Dios de enviar ángeles para rescatarnos, y el señorío sobre todos los reinos de la tierra. En sí, todas estas cosas son buenas. Algunas incluso fueron parte de la misión y el propósito de Cristo. El mal estaba en lo que el diablo le pidió a Jesús que hiciera para lograrlas. Y a nosotros nos dice lo mismo: “Haz esta cosita pequeña, y todas estas cosas buenas pueden ser tuyas”. Este es un truco conocido por todos los mentirosos y estafadores.

Y el diablo es el padre de todos los mentirosos, el estafador original. Así que en su función de anticristo, él sabrá decir las palabras adecuadas y tocar los botones emocionales precisos, para que nos sintamos seguros de que todas sus intenciones son puras y benévolas, que seguirlo a él solo nos producirá alegría. Habrá suficiente verdad en sus palabras como para hacer que las mentiras sean creíbles; suficiente azúcar para ocultar el veneno. Pero serán mentiras. Como Jesús dijo de él: “Cuando habla mentira, de suyo habla” (S. Juan 8:44).

Señales y prodigios

Sin embargo, las palabras no serán suficientes. La Biblia nos dice que el anticristo desviará nuestra atención de sus mentiras con “señales y prodigios [milagros]” (S. Marcos 13:22). El capítulo 13 de Apocalipsis presenta a un falso profeta que obra milagros, que tiene las características del Cordero [es decir, de Cristo], pero habla “como un dragón”, refiriéndose a Satanás (Apocalipsis 13:11; 12:9). Y para ocultar sus mentiras, “también hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia, mandando a los moradores de la tierra que le hagan imagen a la bestia que tiene la herida de espada, y vivió” (Apocalipsis 13:13, 14).

Sin embargo, hay algunas cosas que el demonio no podrá falsificar, y una de ellas es la segunda venida de Cristo en gloria y majestad. Apocalipsis describe el regreso de Jesús: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá” (Apocalipsis 1:7; la cursiva es nuestra). Todo ser humano en el planeta Tierra verá a Jesús cuando regrese.

Sin embargo, el diablo lo intentará. Jesús nos advirtió: “Si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis. Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre” (S. Mateo 24:26, 27). En estos versículos nos enteramos de dos cosas. En primer lugar, el anticristo aparentemente intentará falsificar la venida de Jesús apareciendo en diferentes partes de la tierra. Pero, y este es el segundo punto, el regreso de Cristo va a llamar la atención mundial. Jesús aparecerá en el cielo, visible desde un extremo de la tierra al otro. Pablo nos dio otra descripción muy importante de la segunda venida de Cristo: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo” (1 Tesalonicenses 4:16, la cursiva es nuestra). Así, además de ser visible en todo el mundo, la segunda venida de Cristo será sumamente audible. ¡El estruendo será imposible de ignorar!

Cuando Jesús regrese a la Tierra, ¡usted lo sabrá!

Evite el engaño

Entonces, ¿cómo usted y yo podemos evitar ser engañados por el anticristo cuando aparezca?

Los banqueros y otros que enfrentan la amenaza de la falsificación saben que la mejor manera de detectar un billete falso es familiarizarse con el billete genuino. De manera que los empleados bancarios no pasan su tiempo analizando el dinero falso. Por el contrario, se concentran en conocer lo genuino.

El mismo método nos funcionará a nosotros. Es extremadamente importante que entendamos todo lo que la Biblia dice acerca de la verdadera segunda venida de Cristo, porque solo por su testimonio vamos a entender la verdad con claridad suficiente para discernir la segunda venida falsa del anticristo. Si entendemos que Jesús volverá en las nubes del cielo con poder y gloria y gran estruendo como de trompeta, podemos fácilmente reconocer a un impostor que se presenta en diferentes partes del mundo, haciéndose pasar por Cristo.

Si bien es importante saber cómo se presentará el anticristo, es mucho más importante conocer al verdadero Cristo. Jesús nos asegura: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (S. Juan 10:27, 28). Quienes conocen al verdadero Jesús, no tienen que temer a los falsos cristos. Ellos conocen el producto genuino. Hablan con él y escuchan a Dios todos los días. Conocen su voz. Y nadie, ni el anticristo ni ningún otro, los puede arrebatar de su mano.

Si usted sabe lo que dice la Biblia acerca de la segunda venida de Cristo, y conoce a Cristo personalmente, no necesita ser engañado por el anticristo cuando se manifieste.





Fuente: ElCentinela.com / agosto 2010
Autor: Ed Dickerson, escritor, autor del libro "Grounds for Belief", vive actualmente en Garrison, Iowa. Ha trabajado con jóvenes desde 19 años de edad, ha enseñado en todos los niveles desde la escuela primaria a la escuela de posgrado, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. Su escritura y sus discursos están salpicadas de referencias a la ciencia, la psicología, la literatura, las películas-incluso en la cultura pop, haciendo que el cristianismo sea accesibles para el público secular, el adventismo y emocionante para el público cristiano. Él es el creador de "Grounds for Belief Café". Ed tiene una Maestría en Educación Religiosa de Andrews Universtity y ha publicado decenas de artículos en todo el mundo.

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jueves, 1 de abril de 2010

Fuego del Cielo. Por Ángel Manuel Rodríguez

Apocalipsis 13:13 establece que el falso profeta "hace grandes señales, de tal manera que incluso hace descender fuego del cielo a la tierra". ¿Qué quiere decir esta declaración?En el Apocalipsis el fuego es un símbolo importante. Esta figura en general representa el juicio de Dios contra los pecadores (véase 8:5; 14:10), acción que a veces está destinada a preservar a los siervos del Altísimo (11:5). Curiosamente, a menudo está asociado con la Divinidad, específicamente con el Espíritu Santo en Cristo. Por ejemplo, Juan en el santuario celestial vio "siete lámparas de fuego", identificadas por él como símbolo del Espíritu (4:5). A Cristo también se lo relaciona con el fuego: "sus ojos, como llama de fuego" (1:14; 2:18; 19:12), "y sus pies como columnas de fuego" (10:1).

En la Biblia el fuego también es una figura teofánica (teofanía quiere decir manifestación divina), es decir, representa la presencia divina. Esto quiere decir que cuando Dios se manifiesta a los seres humanos, su presencia es comparada o se la asocia con el fuego. Aunque en el Antiguo Testamento hay muchos ejemplos que prueban esto, el más conocido es aquel que recuerda cuando el pueblo de Israel compareció ante Dios en el Sinaí: "Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en medio del fuego" (Éxo. 19:18). Aunque la flamígera manifestación indicaba la presencia de Dios en ese lugar específico, él permaneció inalcanzable, distanciado del pueblo, sugiriendo con esto la necesidad que ellos tenían de un mediador.

La expresión "de Dios descendió fuego del cielo", también se la utiliza en Apocalipsis 20:9. En este caso, el contexto sugiere que el fuego es un instrumento de la justicia divina. Las huestes malignas están intentando tomar la santa ciudad por la fuerza, ocasión cuando Dios lanza fuego del cielo y las destruye. El uso que aquí se hace es diferente de que aparece en el capítulo 13, ya citado, para anticipar que el falso profeta hace descender fuego del cielo con el propósito de engañar a los habitantes de la tierra. Lo que ocurrió sobre el monte Carmelo con el profeta Elías proporciona la base bíblica para utilizar este símbolo.

Como los israelitas habían estado adorando a su dios Baal, el profeta los enfrentó para que optaran ya sea por el Omnipotente o por Baal. Para que la decisión les resultara más fácil, Elías les dijo que el verdadero Dios se manifestaría haciendo descender fuego del cielo (1 Rey. 18:20-39). Baal no pudo cumplir con el desafío. Elías oró y, como consecuencia, al descender fuego del cielo la gente exclamó: "Jehová es Dios". La realización del milagro fue una clara evidencia de la presencia del Señor, situación que sirvió al pueblo para que pudiera identificar con claridad cuál era el verdadero Dios.

Apocalipsis 13 describe el esfuerzo por falsificar la presencia de Dios mediante realizaciones milagrosas destinadas a persuadir a los seres humanos de que, en el conflicto cósmico, los poderes del mal representan al verdadero Dios. Se va a producir una falsa manifestación —teofanía—, cuyo efecto hará que mucha gente adore a la bestia y al dragón (13:4, 12). Sabemos que la mayor teofanía jamás vista por hombre alguno está por producirse. Pablo lo expresa de este modo: "la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tito 2:13). Un hecho sin precedente se realizará en ocasión de la segunda venida de Cristo.

Respondiendo la pregunta formulada, podría afirmar que el simbolismo de hacer descender fuego del cielo es utilizado para indicar que el falso profeta intentará por todos los medios darle validez a su pretendida misión divina realizando milagros en el mundo. Sin embargo, sobre la base de lo que dijimos en los párrafos precedentes, aventuraré una interpretación más específica. En la descripción que hace el Nuevo Testamento acerca del regreso del Salvador, el fuego desempeña una función teofánica. El que vendrá es "nuestro Dios y Salvador". Pablo nos da un buen argumento: "...Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego..." (2 Tes. 1:7).

Me parece que para los apóstoles el símbolo del fuego que cae del cielo señala el glorioso acontecimiento de la segunda venida de Cristo. Entonces, para la raza humana y para las fuerzas del mal resultará meridianamente claro que Cristo es nuestro verdadero Dios y Salvador. Si aceptamos este planteamiento, podemos concluir que la declaración de Apocalipsis 13 que estamos comentando, describe el intento por parte de los poderes malignos de imitar la segunda venida de Cristo con el propósito de engañar a los seres humanos. El apóstol ya lo anticipó: "Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz" (2 Cor. 11:14).

Permítanme recordarles que las fuerzas del mal no tienen potestad con relación a los que pertenecen al Señor. Ellas fueron derrotadas por Cristo, y su victoria es la nuestra. Jamás podrán imitar en forma adecuada la venida de Jesús. "Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados, elegidos y fieles" (Apoc. 17:14).



Fuente: Centro de Investigaciones Bíblicas / Biblical Research Institute General Conference of Seventh-day Adventists,
Autor: Ángel Manuel Rodríguez. Doctorado en teología (ThD) Andrews University. Desde 1992 comienza a el trabajar para Biblical Research Institute (BRI) General Conference of Seventh-day Adventists y desde el 2002 es el Director. Autor de destacados libros y artículos en la revistas adventistas, destacándose su columna mensual en Adventist World. Fue director del Antillian College y vicepresidente académico del Southwestern Adventist University.

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jueves, 22 de octubre de 2009

Símbolos e Imágenes. Por Ángel Manuel Rodríguez

En la profecía, al considerar el aspecto de los símbolos, tengamos cuidado de no incorporar ideas personales.

Por favor, explíquenme la frase: "Después vi otra bestia que subía de la tierra" (Apoc. 13:11). No me convence que aquí la "tierra" quiera decir lugares poco habitados.

La interpretación del lenguaje simbólico debe realizarse cuidadosamente, dejando de lado las ideas personales y la especulación. Ni la imaginación ni los sentimientos personales constituyen una guía de interpretación segura. Las imágenes y el lenguaje que utiliza el Apocalipsis encierran códigos que necesitan de una clave para descifrarlos. Por lo tanto, los casos en los cuales a Juan se le informó acerca del significado del símbolo constituyen una gran ayuda para nosotros (Apoc. 1:20).

En muchas ocasiones, como el significado del símbolo no está expresado, hay que buscarlo. Un número importante de exégetas tiene la convicción de que en el Apocalipsis tanto el significado de las palabras como las imágenes tienen sus raíces en el Antiguo Testamento. Es por esto que para entender mejor el tema debemos considerar dicho planteamiento. Los estudios de lenguaje que se han realizado confirman el planteamiento.

Esto quiere decir que los parámetros utilizados para la interpretación del Apocalipsis son proporcionados por la propia Biblia. Esto implica estudio concienzudo, oración y dedicación de mucho tiempo. Es indispensable valerse de una concordancia y, en otros casos, también se necesita un buen diccionario bíblico. Si valiéndose de los auxiliares mencionados y la metodología sugerida todavía no logramos encontrar el código para descubrir el significado de un determinado símbolo, es mejor dejarlo sin descifrar que inyectarle al texto nuestra propia especulación.

Los adventistas tradicionalmente consideran que el símbolo "tierra", que figura en Apocalipsis 13:11, señala una determinada región escasamente poblada. Considerando que la Biblia lo utiliza en este sentido, dicha interpretación es buena o por lo menos una opción posible (véase Jer. 2:6; Prov. 21:19).

Esta interpretación también se fundamenta en el hecho de que en Apocalipsis 13:11 aparece otra bestia, pero que sale del mar. Considerando que el océano simboliza naciones y gentes (Apoc. 17:1, 2), la tierra bien podría simbolizar las zonas poco habitadas. Sin embargo, es posible que uno pueda abusar del símbolo, lo cual redundaría en una interpretación equivocada.
En lugar de centrarse en una determinada palabra, es preferible considerar la imagen que está siendo utilizada. Juan ve una bestia saliendo de la tierra/suelo. La imagen corresponde a un campo agrícola. El verbo "salir" (anabáino) se lo utiliza en el Nuevo Testamento para describir el crecimiento de la planta a partir de la tierra o suelo (Mar. 4:7, 8; Mat. 13:7). Este símbolo es extraño, incluso grotesco. Es que Juan describe a una bestia que sale de la tierra en forma semejante a una planta. Si ese es el caso, ¿existe otro texto bíblico que encierre una idea parecida? Recuerde: Antes de hacer el intento de encontrar la explicación a un símbolo, primero tenemos que tratar de descubrir si existe un paralelo bíblico.

Creanlo o no, existe uno que figura en Génesis 1:24: "Luego dijo Dios: 'Produzca [salga] de la tierra [suelo] seres vivientes...' ". El citado verbo hebreo también es utilizado para describir el crecimiento de un planta fuera de la tierra (Job 38:27). En Génesis 1:25 se califica como seres vivientes a los animales, a las bestias, incluso a los "animales silvestres". La versión griega del Antiguo Testamento traduce como "bestias de la tierra" a los animales silvestres, que es la misma idea que aparece en Apocalipsis 13:10.

En Génesis 1:24 y 25 encontramos una terminología paralela semejante a la que utiliza Juan: bestias que salen de la tierra a semejanza de plantas.

¿Qué es lo que Juan está tratando de enseñarnos por medio de los símbolos? Para poder responder la pregunta, necesitamos volver al Génesis. Moisés está describiendo la manera como el Creador realizó su obra de creación de los animales. Dios habló, y los animales salieron de la tierra/suelo a un medio virtualmente deshabitado.

En Apocalipsis, Juan también describe un poder político que surge mayormente de lugares poco habitados, semejante a los animales en ocasión de la semana de la creación. Juan vio cómo dicho poder se corrompió, hablando como dragón y luchando contra su Creador. Este es un caso sencillo de apostasía, cuyas raíces se encuentran en el Antiguo Testamento, lo cual corresponde exactamente con lo descrito por la profecía de Apocalipsis 13:11.

...para descubrir el significado de un determinado símbolo es mejor dejarlo sin descifrar que inyectarle al texto nuestra propia especulación.


Fuente: Biblical Reseach Institute
Autor: Ángel Manuel Rodríguez. Doctorado en teología (ThD) Andrews University. Desde 1992 comienza a el trabajar para Biblical Research Institute (BRI) General Conference of Seventh-day Adventists y desde el 2002 es el Director. Autor de destacados libros y artículos en la revistas adventistas, destacándose su columna mensual en Adventist World. Fue director del Antillian College y vicepresidente académico del Southwestern Adventist University.

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sábado, 7 de febrero de 2009

Los Estados Unidos en la Profecía. Por Elena G. de White

"FUE abierto el templo de Dios en el cielo, y fue vista en su templo el arca de su pacto." (Apocalipsis 11: 19, V.M.) El arca del pacto de Dios está en el lugar santísimo, en el segundo departamento del santuario. En el servicio del tabernáculo terrenal, que servía "de mera representación y sombra de las cosas celestiales," este departamento sólo se abría en el gran día de las expiaciones para la purificación del santuario. Por consiguiente, la proclamación de que el templo de Dios fue abierto en el cielo y fue vista el arca de su pacto, indica que el lugar santísimo del santuario celestial fue abierto en 1844, cuando Cristo entró en él para consumar la obra final de la expiación. Los que por fe siguieron a su gran Sumo Sacerdote cuando dio principio a su ministerio en el lugar santísimo, contemplaron el arca de su pacto. Habiendo estudiado el asunto del santuario, llegaron a entender el cambio que se había realizado en el ministerio del Salvador, y vieron que éste estaba entonces oficiando como intercesor ante el arca de Dios, y ofrecía su sangre en favor de los pecadores.

El arca que estaba en el tabernáculo terrenal contenía las dos tablas de piedra, en que estaban inscritos los preceptos de la ley de Dios. El arca era un mero receptáculo de las tablas de la ley, y era esta ley divina la que le daba su valor y su carácter sagrado a aquélla. Cuando fue abierto el templo de Dios en el cielo, se vio el arca de su pacto. En el lugar santísimo, en el santuario celestial, es donde se encuentra inviolablemente encerrada la ley divina -la ley promulgada por el mismo Dios entre los truenos del Sinaí y escrita con su propio dedo en las tablas de piedra.

La ley de Dios que se encuentra en el santuario celestial es el gran original del que los preceptos grabados en las tablas de piedra y consignados por Moisés en el Pentateuco eran copia exacta. Los que llegaron a comprender este punto importante fueron inducidos a reconocer el carácter sagrado e invariable de la ley divina. Comprendieron mejor que nunca la fuerza de las palabras del Salvador: "Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni un tilde pasará de la ley." (S. Mateo 5: 18, V.M.) Como la ley de Dios es una revelación de su voluntad, un trasunto de su carácter, debe permanecer para siempre "com testigo fiel en el cielo." Ni un mandamiento ha sido anulado; ni un punto ni un tilde han sido cambiados. Dice el salmista: "¡Hasta la eternidad, oh Jehová, tu palabra permanece en el cielo!" "Seguros son todos sus preceptos; establecidos para siempre jamás." (Salmos 119: 89; 111: 7, 8, V.M.)

En el corazón mismo del Decálogo se encuentra el cuarto mandamiento, tal cual fue proclamado originalmente: "Acordarte has del día del Sábado, para santificarlo. Seis días trabajarás, harás toda tu obra; mas el séptimo día será Sábado a Jehová tu Dios: no hagas obra ninguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija; ni tu siervo, ni tu criada; ni tu bestia, ni tu extranjero, que está dentro de tus puertas: porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, la mar y todas las cosas que en ellos hay; y en el día séptimo reposó: por tanto Jehová bendijo el día del Sábado, y lo santificó." (Éxodo 20: 8-11, Versión Valera de la S.B.A.)

El Espíritu de Dios obró en los corazones de esos cristianos que estudiaban su Palabra, y quedaron convencidos de que, sin saberlo, habían transgredido este precepto al despreciar el día de descanso del Creador. Empezaron a examinar las razones por las cuales se guardaba el primer día de la semana en lugar del día que Dios había santificado. No pudieron encontrar en las Sagradas Escrituras prueba alguna de que el cuarto mandamiento hubiese sido abolido o de que el día de reposo hubiese cambiado; la bendición que desde un principio santificaba el séptimo día no había sido nunca revocada. Habían procurado honradamente conocer y hacer la voluntad de Dios; al reconocerse entonces transgresores de la ley divina, sus corazones se llenaron de pena, y manifestaron su lealtad hacia Dios guardando su santo sábado.

Se hizo cuanto se pudo por conmover su fe. Nadie podía dejar de ver que si el santuario terrenal era una figura o modelo del celestial, la ley depositada en el arca en la tierra era exacto trasunto de la ley encerrada en el arca del cielo; y que aceptar la verdad relativa al santuario celestial envolvía el reconocimiento de las exigencias de la ley de Dios y la obligación de guardar el sábado del cuarto mandamiento. En esto estribaba el secreto de la oposición violenta y resuelta que se le hizo a la exposición armoniosa de las Escrituras que revelaban el servicio desempeñado por Cristo en el santuario celestial. Los hombres trataron de cerrar la puerta que Dios había abierto y de abrir la que él había cerrado. Pero "el que abre, y ninguno cierra; y cierra, y ninguno abre," había declarado: "He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie podrá cerrar." (Apocalipsis 3: 7, 8, V.M.) Cristo había abierto la puerta, o ministerio, del lugar santísimo, la luz brillaba desde la puerta abierta del santuario celestial, y se vio que el cuarto mandamiento estaba incluído en la ley allí encerrada; lo que Dios había establecido, nadie podía derribarlo.

Los que habían aceptado la luz referente a la mediación de Cristo y a la perpetuidad de la ley de Dios, encontraron que éstas eran las verdades presentadas en el capítulo 14 del Apocalipsis. Los mensajes de este capítulo constituyen una triple amonestación (véase el Apéndice), que debe servir para preparar a los habitantes de la tierra para la segunda venida del Señor. La declaración: "Ha llegado la hora de su juicio," indica la obra final de la actuación de Cristo para la salvación de los hombres. Proclama una verdad que debe seguir siendo proclamada hasta el fin de la intercesión del Salvador y su regreso a la tierra para llevar a su pueblo consigo. La obra del juicio que empezó en 1844 debe proseguirse hasta que sean falladas las causas de todos los hombres, tanto de los vivos como de los muertos; de aquí que deba extenderse hasta el fin del tiempo de gracia concedido a la humanidad. Y para que los hombres estén debidamente preparados para subsistir en el juicio, el mensaje les manda: "¡Temed a Dios y dadle gloria," "y adorad al que hizo el cielo y la tierra, y el mar y las fuentes de agua!" El resultado de la aceptación de estos mensajes está indicado en las palabras: "En esto está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús." Para subsistir ante el juicio tiene el hombre que guardar la ley de Dios. Esta ley será la piedra de toque en el juicio. El apóstol Pablo declara: "Cuantos han pecado bajo la ley, por la ley serán juzgados; . . . en el día en que juzgará Dios las obras más ocultas de los hombres . . . por medio de Jesucristo." Y dice que "los que cumplen la ley serán justificados.' (Romanos 2: 12-16, V.M.) La fe es esencial para guardar la ley de Dios; pues "sin fe es imposible agradarle." Y "todo lo que no es de fe, es pecado." (Hebreos 11: 6, V.M.; Romanos 14: 23.)

El primer ángel exhorta a los hombres a que teman al Señor y le den honra y a que le adoren como Creador del cielo y de la tierra. Para poder hacerlo, deben obedecer su ley. El sabio dice: "Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es la suma del deber humano." (Eclesiastés 12: 13, V.M.) Sin obediencia a sus mandamientos, ninguna adoración puede agradar a Dios. "Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos." "El que aparte sus oídos para no escuchar la ley, verá que su oración misma es cosa abominable." (1 Juan 5: 3; Proverbios 28: 9, V.M.)

El deber de adorar a Dios estriba en la circunstancia de que él es el Creador, y que a él es a quien todos los demás seres deben su existencia. Y cada vez que la Biblia presenta el derecho de Jehová a nuestra reverencia y adoración con preferencia a los dioses de los paganos, menciona las pruebas de su poder creador. "Todos los dioses de los pueblos son ídolos; mas Jehová hizo los cielos." (Salmo 96:5.) "¿A quién pues me compararéis, para que yo sea como él? dice el Santo. ¡Levantad hacia arriba vuestros ojos, y ved! ¿Quién creó aquellos cuerpos celestes?" "Así dice Jehová, Creador de los cielos (él solo es Dios), el que formó la tierra y la hizo; . . . ¡Yo soy Jehová, y no hay otro Dios!" (Isaías 40: 25, 26; 45: 18, V.M.) Dice el salmista: "Reconoced que Jehová él es Dios: él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos." "¡Venid, postrémonos, y encorvémonos; arrodillémonos ante Jehová nuestro Hacedor!" (Salmos 100: 3; 95: 6, V.M.) Y los santos que adoran a Dios en el cielo dan como razón del homenaje que le deben: "¡Digno eres tú, Señor nuestro y Dios nuestro, de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas!" (Apocalipsis 4: 11, V.M.)

En el capítulo 14 del Apocalipsis se exhorta a los hombres a que adoren al Creador, y la profecía expone a la vista una clase de personas que, como resultado del triple mensaje, guardan los mandamientos de Dios. Uno de estos mandamientos señala directamente a Dios como Creador. El cuarto precepto declara: "El séptimo día será Sábado a Jehová tu Dios: . . . porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, la mar y todas las cosas que en ellos hay; y en el día séptimo reposó; por tanto Jehová bendijo el día del sábado, y lo santificó." (Éxodo 20: 10, 11, Versión Valera de la S.B.A.) Respecto al sábado, el Señor dice además, que será una "señal . . . para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios." (Ezequiel 20: 20, Id.) Y la razón aducida es: "Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó, y reposó." (Éxodo 31: 17.)

"La importancia del sábado, como institución conmemorativa de la creación, consiste en que recuerda siempre la verdadera razón por la cual se debe adorar a Dios," - porque él es el Creador, y nosotros somos sus criaturas. "Por consiguiente, el sábado forma parte del fundamento mismo del culto divino, pues enseña esta gran verdad del modo más contundente, como no lo hace ninguna otra institución. El verdadero motivo del culto divino, no tan sólo del que se tributa en el séptimo día, sino de toda adoración, reside en la distinción existente entre el Creador y sus criaturas. Este hecho capital no perderá nunca su importancia ni debe caer nunca en el olvido." - J. N. Andrews, History of the Sabbath, cap. 27. Por eso, es decir, para que esta verdad no se borrara nunca de la mente de los hombres, instituyó Dios el sábado en el Edén y mientras el ser él nuestro Creador siga siendo motivo para que le adoremos, el sábado seguirá siendo señal conmemorativa de ello. Si el sábado se hubiese observado universalmente, los pensamientos e inclinaciones de los hombres se habrían dirigido hacia el Creador como objeto de reverencia y adoración, y nunca habría habido un idólatra, un ateo, o un incrédulo. La observancia del sábado es señal de lealtad al verdadero Dios, "que hizo el cielo y la tierra, y el mar y las fuentes de agua." Resulta pues que el mensaje que manda a los hombres adorar a Dios y guardar sus mandamientos, los ha de invitar especialmente a observar el cuarto mandamiento.

En contraposición con los que guardan los mandamientos de Dios y tienen la fe de Jesús, el tercer ángel señala otra clase de seres humanos contra cuyos errores va dirigido solemne y terrible aviso: "¡Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe su marca en su frente, o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios!" (Apocalipsis 14: 9, 10, V.M.) Para comprender este mensaje hay que interpretar correctamente sus símbolos. ¿Qué representan la bestia, la imagen, la marca?

La ilación profética en la que se encuentran estos símbolos empieza en el capítulo 12 del Apocalipsis, con el dragón que trató de destruir a Cristo cuando nació. En dicho capítulo vemos que el dragón es Satanás (Apocalipsis 12:9); fue él quien indujo a Herodes a procurar la muerte del Salvador. Pero el agente principal de Satanás al guerrear contra Cristo y su pueblo durante los primeros siglos de la era cristiana, fue el Imperio Romano, en el cual prevalecía la religión pagana. Así que si bien el dragón representa primero a Satanás, en sentido derivado es un símbolo de la Roma pagana.

En el capítulo 13 (versículos 1-10, V.M.), se describe otra bestia, "parecida a un leopardo," a la cual el dragón dio "su poder y su trono, y grande autoridad." Este símbolo, como lo han creído la mayoría de los protestantes, representa al papado, el cual heredó el poder y la autoridad del antiguo Imperio Romano. Se dice de la bestia parecida a un leopardo: "Le fue dada una boca que hablaba cosas grandes, y blasfemias.... Y abrió su boca para decir blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre, y su tabernáculo, y a los que habitan en el cielo. Y le fue permitido hacer guerra contra los santos, y vencerlos: y le fue dada autoridad sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación." Esta profecía, que es casi la misma que la descripción del cuerno pequeño en Daniel 7, se refiere sin duda al papado.

"Le fue dada autoridad para hacer sus obras cuarenta y dos meses". Y dice el profeta: "Vi una de sus cabezas como si hubiese sido herida de muerte." Y además: "Si alguno lleva en cautiverio, al cautiverio irá; si alguno mata con espada, es preciso que él sea muerto a espada". Los cuarenta y dos meses son lo mismo que "un tiempo, y dos tiempos, y la mitad de un tiempo," tres años y medio, o 1.260 días de Daniel 7, el tiempo durante el cual el poder papal debía oprimir al pueblo de Dios. Este período, como fue indicado en capítulos anteriores, empezó con la supremacía del papado, en el año 538 de J. C., y terminó en 1798. Entonces, el papa fue hecho prisionero por el ejército francés, el poder papal recibió su golpe mortal y quedó cumplida la predicción: "Si alguno lleva en cautiverio, al cautiverio irá".

Y aquí preséntase otro símbolo. El profeta dice: "Vi otra bestia que subía de la tierra; y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero." (Apocalipsis 13:11.) Tanto el aspecto de esta bestia como el modo en que sube indican que la nación que representa difiere de las representadas en los símbolos anteriores. Los grandes reinos que han gobernado al mundo le fueron presentados al profeta Daniel en forma de fieras, que surgían mientras "los cuatro vientos del cielo combatían en la gran mar." (Daniel 7:2.) En Apocalipsis 17, un ángel explicó que las aguas representan "pueblos y naciones y lenguas". (Apocalipsis 17:15.) Los vientos simbolizan luchas. Los cuatro vientos del cielo que combatían en la gran mar representan los terribles dramas de conquista y revolución por los cuales los reinos alcanzaron el poder.

Pero la bestia con cuernos semejantes a los de un cordero "subía de la tierra". En lugar de derribar a otras potencias para establecerse, la nación así representada debe subir en territorio hasta entonces desocupado, y crecer gradual y pacíficamente. No podía, pues, subir entre las naciones populosas y belicosas del viejo mundo, ese mar turbulento de "pueblos y muchedumbres y naciones y lenguas". Hay que buscarla en el continente occidental.

¿Cuál era en 1798 la nación del nuevo mundo cuyo poder estuviera entonces desarrollándose, de modo que se anunciara como nación fuerte y grande, capaz de llamar la atención del mundo? La aplicación del símbolo no admite duda alguna. Una nación, y sólo una, responde a los datos y rasgos característicos de esta profecía; no hay duda de que se trata aquí de los Estados Unidos de Norteamérica. Una y otra vez el pensamiento y los términos del autor sagrado han sido empleados inconscientemente por los oradores e historiadores al describir el nacimiento y crecimiento de esta nación. El profeta vio que la bestia "subía de la tierra"; y, según los traductores, la palabra dada aquí por "subía" significa literalmente "crecía o brotaba como una planta." Y, como ya lo vimos, la nación debe nacer en territorio hasta entonces desocupado. Un escritor notable, al describir el desarrollo de los Estados Unidos, habla del "misterio de su desarrollo de la nada", y dice: "Como silenciosa semilla crecimos hasta llegar a ser un imperio." - G. A. Townsend, The New Compared with the Old, pág. 462. Un periódico europeo habló en 1850 de los Estados Unidos como de un imperio maravilloso, que surgía y que "en el silencio de la tierra crecía constantemente en poder y gloria." -Dublin Nation. Eduardo Everett, en un discurso acerca de los peregrinos, fundadores de esta nación, dijo: "¿Buscaron un lugar retirado que por su obscuridad resultara inofensivo y seguro en su aislamiento, donde la pequeña iglesia de Leyden pudiese tener libertad de conciencia? ¡He aquí las inmensas regiones sobre las cuales, en pacífica conquista, . . . han plantado los estandartes de la cruz!" -Discurso pronunciado en Plymouth, Massachusetts, el 22 de diciembre de 1824.

"Y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero." Los cuernos semejantes a los de un cordero representan juventud, inocencia y mansedumbre, rasgos del carácter de los Estados Unidos cuando el profeta vio que esa nación "subía" en 1798. Entre los primeros expatriados cristianos que huyeron a América en busca de asilo contra la opresión real y la intolerancia sacerdotal, hubo muchos que resolvieron establecer un gobierno sobre el amplio fundamento de la libertad civil y religiosa. Sus convicciones hallaron cabida en la declaración de la independencia que hace resaltar la gran verdad de que "todos los hombres son creados iguales," y poseen derechos inalienables a la "vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad." Y la Constitución garantiza al pueblo el derecho de gobernarse a sí mismo, y establece que los representantes elegidos por el voto popular promulguen las leyes y las hagan cumplir. Además, fue otorgada la libertad religiosa, y a cada cual se le permitió adorar a Dios según los dictados de su conciencia. El republicanismo y el protestantismo vinieron a ser los principios fundamentales de la nación. Estos principios son el secreto de su poder y de su prosperidad. Los oprimidos y pisoteados de toda la cristiandad se han dirigido a este país con afán y esperanza. Millones han fondeado en sus playas, y los Estados Unidos han llegado a ocupar un puesto entre las naciones más poderosas de la tierra.

Pero la bestia que tenía cuernos como un cordero "hablaba como dragón. Y ejerce toda la autoridad de la primera bestia en su presencia. Y hace que la tierra y los que en ella habitan, adoren a la bestia primera, cuya herida mortal fue sanada . . . diciendo a los que habitan sobre la tierra, que hagan una imagen de la bestia que recibió el golpe de espada, y sin embargo vivió. (Apocalipsis 13: 11-14, V.M.)

Los cuernos como de cordero y la voz de dragón del símbolo indican una extraña contradicción entre lo que profesa ser y lo que practica la nación así representada. El "hablar" de la nación son los actos de sus autoridades legislativas y judiciales. Por esos actos la nación desmentirá los principios liberales y pacíficos que expresó como fundamento de su política. La predicción de que hablará "como dragón" y ejercerá "toda la autoridad de la primera bestia", anuncia claramente el desarrollo del espíritu de intolerancia y persecución de que tantas pruebas dieran las naciones representadas por el dragón y la bestia semejante al leopardo. Y la declaración de que la bestia con dos cuernos "hace que la tierra y los que en ella habitan, adoren a la bestia primera", indica que la autoridad de esta nación será empleada para imponer alguna observancia en homenaje al papado.

Semejante actitud sería abiertamente contraria a los principios de este gobierno, al genio de sus instituciones libres, a los claros y solemnes reconocimientos contenidos en la declaración de la independencia, y contrarios finalmente a la constitución. Los fundadores de la nación procuraron con acierto que la iglesia no pudiera hacer uso del poder civil, con los consabidos e inevitables resultados: la intolerancia y la persecución. La constitución garantiza que "el congreso no legislará con respecto al establecimiento de una religión ni prohibirá el libre ejercicio de ella," y que "ninguna manifestación religiosa será jamás requerida como condición de aptitud para ninguna función o cargo público en los Estados Unidos." Sólo en flagrante violación de estas garantías de la libertad de la nación, es cómo se puede imponer por la autoridad civil la observancia de cualquier deber religioso. Pero la inconsecuencia de tal procedimiento no es mayor que lo representado por el símbolo. Es la bestia con cuernos semejantes a los de un cordero -que profesa ser pura, mansa, inofensiva- y que habla como un dragón.

"Diciendo a los que habitan sobre la tierra, que hagan una imagen de la bestia". Aquí tenemos presentada a las claras una forma de gobierno en el cual el poder legislativo descansa en el pueblo, y ello prueba que los Estados Unidos de Norteamérica constituyen la nación señalada por la profecía.

¿Pero qué es la "imagen de la bestia"? ¿Y cómo se la formará? La imagen es hecha por la bestia de dos cuernos y es una imagen de la primera bestia. Así que para saber a qué se asemeja la imagen y cómo será formada, debemos estudiar los rasgos característicos de la misma bestia: el papado.

Cuando la iglesia primitiva se corrompió al apartarse de la sencillez del Evangelio y al aceptar costumbres y ritos paganos, perdió el Espíritu y el poder de Dios; y para dominar las conciencias buscó el apoyo del poder civil. El resultado fue el papado, es decir, una iglesia que dominaba el poder del estado y se servía de él para promover sus propios fines y especialmente para extirpar la "herejía". Para que los Estados Unidos formen una imagen de la bestia, el poder religioso debe dominar de tal manera al gobierno civil que la autoridad del estado sea empleada también por la iglesia para cumplir sus fines.

Siempre que la iglesia alcanzó el poder civil, lo empleó para castigar a los que no admitían todas sus doctrinas. Las iglesias protestantes que siguieron las huellas de Roma al aliarse con los poderes mundanos, manifestaron el mismo deseo de restringir la libertad de conciencia. Ejemplo de esto lo tenemos en la larga persecución de los disidentes por la iglesia de Inglaterra. Durante los siglos XVI y XVII miles de ministros no conformistas fueron obligados a abandonar sus iglesias, y a muchos pastores y feligreses se les impusieron multas, encarcelamientos, torturas y el martirio.

Fue la apostasía lo que indujo a la iglesia primitiva a buscar la ayuda del gobierno civil, y esto preparó el camino para el desarrollo del papado, simbolizado por la bestia. San Pablo lo predijo al anunciar que vendría "la apostasía," y sería "revelado el hombre de pecado." (2 Tesalonicenses 2: 3, V.M.) De modo que la apostasía en la iglesia preparará el camino para la imagen de la bestia.

La Biblia declara que antes de la venida del Señor habrá un estado de decadencia religiosa análoga a la de los primeros siglos. "En los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque los hombres serán amadores de sí mismos, amadores del dinero, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, incontinentes, fieros, aborrecedores de los que son buenos, traidores, protervos, hinchados de orgullo, amadores de los placeres, más bien que amadores de Dios; teniendo la forma de la piedad, mas negando el poder de ella". (2 Timoteo 3: 1-5, V.M.) "Empero el Espíritu dice expresamente, que en tiempos venideros algunos se apartarán de la fe, prestando atención a espíritus seductores, y a enseñanzas de demonios." (1 Timoteo 4: 1, V.M.) Satanás obrará "con todo poder, y con señales, y con maravillas mentirosas, y con todo el artificio de la injusticia." Y todos los que "no admitieron el amor de la verdad, para que fuesen salvos," serán dejados para que acepten "operación de error, a fin de que crean a la mentira." (2 Tesalonicenses 2: 9-11, V.M.) Cuando se haya llegado a este estado de impiedad, se verán los mismos resultados que en los primeros siglos.

Muchos consideran la gran diversidad de creencias en las iglesias protestantes como prueba terminante de que nunca se procurará asegurar una uniformidad forzada. Pero desde hace años se viene notando entre las iglesias protestantes un poderoso y creciente sentimiento en favor de una unión basada en puntos comunes de doctrina. Para asegurar tal unión, debe necesariamente evitarse toda discusión de asuntos en los cuales no todos están de acuerdo, por importantes que sean desde el punto de vista bíblico.

Carlos Beecher, en un sermón predicado en 1846, declaró que el pastorado de "las denominaciones evangélicas protestantes no está formado sólo bajo la terrible presión del mero temor humano, sino que vive, y se mueve y respira en una atmósfera radicalmente corrompida y que apela a cada instante al elemento más bajo de su naturaleza para tapar la verdad y doblar la rodilla ante el poder de la apostasía. ¿No pasó así con la iglesia romana? ¿No estamos reviviendo su vida? ¿Y qué es lo que vemos por delante? ¡Otro concilio general! ¡Una convención mundial! ¡Alianza evangélica y credo universal!" -Sermón, "The Bible a Sufficient Creed," pronunciado en Fort Wayne, Indiana, el 22 de febrero de 1846. Cuando se haya logrado esto, en el esfuerzo para asegurar completa uniformidad, sólo faltará un paso para apelar a la fuerza.

Cuando las iglesias principales de los Estados Unidos, uniéndose en puntos comunes de doctrina, influyan sobre el estado para que imponga los decretos y las instituciones de ellas, entonces la América protestante habrá formado una imagen de la jerarquía romana, y la inflicción de penas civiles contra los disidentes vendrá de por sí sola.

La bestia de dos cuernos "hace [ordena] que todos, pequeños y grandes, así ricos como pobres, así libres como esclavos, tengan una marca sobre su mano derecha, o sobre su frente; y que nadie pueda comprar o vender, sino aquel que tenga la marca, es decir, el nombre de la bestia o el número de su nombre." (Apocalipsis 13: 16, 17, V.M.) La amonestación del tercer ángel es: "¡Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe su marca en su frente, o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios!" "La bestia" mencionada en este mensaje, cuya adoración es impuesta por la bestia de dos cuernos, es la primera bestia, o sea la bestia semejante a un leopardo, de Apocalipsis 13, el papado. La "imagen de la bestia" representa la forma de protestantismo apóstata que se desarrollará cuando las iglesias protestantes busquen la ayuda del poder civil para la imposición de sus dogmas. Queda aún por definir lo que es "la marca de la bestia".

Después de amonestar contra la adoración de la bestia y de su imagen, la profecía dice: "Aquí está la paciencia de los santos; aquí están los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús." En vista de que los que guardan los mandamientos de Dios están puestos así en contraste con los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca, se deduce que la observancia de la ley de Dios, por una parte, y su violación, por la otra, establecen la distinción entre los que adoran a Dios y los que adoran a la bestia.

El rasgo más característico de la bestia, y por consiguiente de su imagen, es la violación de los mandamientos de Dios. Daniel dice del cuerno pequeño, o sea del papado: "Pensará en mudar los tiempos y la ley." (Daniel 7: 25.) Y San Pablo llama al mismo poder el "hombre de pecado," que había de ensalzarse sobre Dios. Una profecía es complemento de la otra. Sólo adulterando la ley de Dios podía el papado elevarse sobre Dios; y quienquiera que guardase a sabiendas la ley así adulterada daría honor supremo al poder que introdujo el cambio. Tal acto de obediencia a las leyes papales sería señal de sumisión al papa en lugar de sumisión a Dios.

El papado intentó alterar la ley de Dios. El segundo mandamiento, que prohibe el culto de las imágenes, ha sido borrado de la ley, y el cuarto mandamiento ha sido adulterado de manera que autorice la observancia del primer día en lugar del séptimo como día de reposo. Pero los papistas aducen para justificar la supresión del segundo mandamiento, que éste es inútil puesto que está incluido en el primero, y que ellos dan la ley tal cual Dios tenía propuesto que fuese entendida. Este no puede ser el cambio predicho por el profeta. Se trata de un cambio intencional y deliberado: "Pensará en mudar los tiempos y la ley". El cambio introducido en el cuarto mandamiento cumple exactamente la profecía. La única autoridad que se invoca para dicho cambio es la de la iglesia. Aquí el poder papal se ensalza abiertamente sobre Dios.

Mientras los que adoran a Dios se distinguirán especialmente por su respeto al cuarto mandamiento -ya que éste es el signo de su poder creador y el testimonio de su derecho al respeto y homenaje de los hombres,- los adoradores de la bestia se distinguirán por sus esfuerzos para derribar el monumento recordativo del Creador y ensalzar lo instituído por Roma. Las primeras pretensiones arrogantes del papado fueron hechas en favor del domingo (véase el Apéndice); y la primera vez que recurrió al poder del estado fue para imponer la observancia del domingo como "día del Señor." Pero la Biblia señala el séptimo día, y no el primero, como día del Señor. Cristo dijo: "El Hijo del hombre es Señor aun del sábado". El cuarto mandamiento declara que: "El día séptimo es día de descanso [margen, sábado], consagrado a Jehová." Y por boca del profeta Isaías el Señor lo llama: "Mi día santo". (S. Marcos 2: 28; Éxodo 20: 10; Isaías 58: 13, V.M.)

El aserto, tantas veces repetido, de que Cristo cambió el día de reposo, está refutado por sus propias palabras. En su sermón sobre el monte, dijo: "No penséis que vine pare invalidar la Ley, o los Profetas: no vine a invalidar, sino a cumplir. Porque en verdad os digo, que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni un tilde pasará de la ley, hasta que el todo sea cumplido. Por tanto cualquiera que quebrantare uno de estos más mínimos mandamientos, y enseñare a los hombres así, será llamado muy pequeño en el reino de los cielos: mas cualquiera que los hiciere y enseñare será llamado grande en el reino de los cielos." (S. Mateo 5: 17-19, V.M.)

Es un hecho generalmente admitido por los protestantes, que las Sagradas Escrituras no autorizan en ninguna parte el cambio del día de reposo. Esto se confirma en publicaciones de la Sociedad Americana de Tratados y la Unión Americana de Escuelas Dominicales. Una de estas obras reconoce "que el Nuevo Testamento no dice absolutamente nada en cuanto a un mandamiento explícito en favor del día de reposo, o a reglas definidas relativas a su observancia." -Jorge Elliott, The Abiding Sabbath, pág. 184.

Otra dice: "Hasta la época de la muerte de Cristo, ningún cambio se había hecho en cuanto al día;" y, "por lo que se desprende del relato bíblico, los apóstoles no dieron . . . mandamiento explícito alguno que ordenara el abandono del séptimo día, sábado, como día de reposo, ni que se lo observara en el primer día de la semana". -A. E. Waffle, The Lord's Day, págs. 186 - 188.

Los católicos romanos reconocen que el cambio del día de descanso fue hecho por su iglesia, y declaran que al observar el domingo los protestantes reconocen la autoridad de ella. En el Catecismo Católico de la Religión Cristiana, al contestar una pregunta relativa al día que se debe guardar en obediencia al cuarto mandamiento, sé hace esta declaración: "Bajo la ley antigua, el sábado era el día santificado; pero la iglesia, instruída por Jesucristo y dirigida por el Espíritu de Dios, substituyó el sábado por el domingo; de manera que ahora santificamos el primer día y no el séptimo. Domingo significa día del Señor, y es lo que ha venido a ser".

Como signo de la autoridad de la iglesia católica, los escritores católicos citan "el acto mismo de cambiar el sábado al domingo, cambio en que los protestantes consienten . . . porque al guardar estrictamente el domingo, ellos reconocen el poder de la iglesia para ordenar fiestas y para imponerlas so pena de incurrir en pecado." -H. Tuberville, An Abridgement of the Christian Doctrine, pág. 58. ¿Qué es, pues, el cambio del día de descanso, sino el signo o marca de la autoridad de la iglesia romana, ¡'la marca de la bestia'"?

La iglesia romana no ha renunciado a sus pretensiones a la supremacía; y cuando el mundo y las iglesias protestantes aceptan un día de descanso creado por ella, mientras rechazan el día de descanso de la Biblia, acatan en la práctica las tales pretensiones. Pueden apelar a la autoridad de la tradición y de los padres para apoyar el cambio; pero al hacerlo pasan por alto el principio mismo que los separa de Roma, es a saber, que "la Biblia, y la Biblia sola es la religión de los protestantes".

Los papistas pueden ver que los protestantes se están engañando a sí mismos, al cerrar voluntariamente los ojos ante los hechos del caso. A medida que gana terreno el movimiento en pro de la observancia obligatoria del domingo, ellos se alegran en la seguridad de que ha de concluir por poner a todo el mundo protestante bajo el estandarte de Roma.

Los romanistas declaran que "la observancia del domingo por los protestantes es un homenaje que rinden, mal de su grado, a la autoridad de la iglesia [católica]". -Mons. de Segur, Plain Talk About the Protestantism of Today, pág. 213. La imposición de la observancia del domingo por parte de las iglesias protestantes es una imposición de que se adore al papado, o sea la bestia. Los que, comprendiendo las exigencias del cuarto mandamiento, prefieren observar el falso día de reposo en lugar del verdadero, rinden así homenaje a aquel poder, el único que ordenó su observancia. Pero por el mismo hecho de imponer un deber religioso con ayuda del poder secular, las mismas iglesias estarían elevando una imagen a la bestia; de aquí que la imposición de la observancia del domingo en los Estados Unidos equivaldría a imponer la adoración de la bestia y de su imagen.

Pero los cristianos de las generaciones pasadas observaron el domingo creyendo guardar así el día de descanso bíblico; y ahora hay verdaderos cristianos en todas las iglesias, sin exceptuar la católica romana, que creen honradamente que el domingo es el día de reposo divinamente instituído. Dios acepta su sinceridad de propósito y su integridad. Pero cuando la observancia del domingo sea impuesta por la ley, y que el mundo sea ilustrado respecto a la obligación del verdadero día de descanso, entonces el que transgrediere el mandamiento de Dios para obedecer un precepto que no tiene mayor autoridad que la de Roma, honrará con ello al papado por encima de Dios: rendirá homenaje a Roma y al poder que impone la institución establecida por Roma: adorará la bestia y su imagen. Cuando los hombres rechacen entonces la institución que Dios declaró ser el signo de su autoridad, y honren en su lugar lo que Roma escogió como signo de su supremacía, ellos aceptarán de hecho el signo de la sumisión a Roma, "la marca de la bestia." Y sólo cuando la cuestión haya sido expuesta así a las claras ante los hombres, y ellos hayan sido llamados a escoger entre los mandamientos de Dios y los mandamientos de los hombres, será cuando los que perseveren en la transgresión recibirán "la marca de la bestia".

La más terrible amenaza que haya sido jamás dirigida a los mortales se encuentra contenida en el mensaje del tercer ángel. Debe ser un pecado horrendo el que atrae la ira de Dios sin mezcla de misericordia. Los hombres no deben ser dejados en la ignorancia tocante a esta importante cuestión; la amonestación contra este pecado debe ser dada al mundo antes que los juicios de Dios caigan sobre él, para que todos sepan por qué deben consumarse, y para que tengan oportunidad para librarse de ellos. La profecía declara que el primer ángel hará su proclamación "a cada nación, y tribu, y lengua, y pueblo." El aviso del tercer ángel, que forma parte de ese triple mensaje, no tendrá menos alcance. La profecía dice de él que será proclamado en alta voz por un ángel que vuele por medio del cielo; y llamará la atención del mundo.

Al final de la lucha, toda la cristiandad quedará dividida en dos grandes categorías: la de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y la de los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca. Si bien la iglesia y el estado se unirán para obligar a "todos, pequeños y grandes, así ricos como pobres, así libres como esclavos," a que tengan "la marca de la bestia" (Apocalipsis 13: 16, V.M.), el pueblo de Dios no la tendrá. El profeta de Patmos vio que "los que habían salido victoriosos de la prueba de la bestia, y de su imagen, y del número de su nombre, estaban sobre aquel mar de vidrio, teniendo arpas de Dios," y cantaban el cántico de Moisés y del Cordero. (Apocalipsis 15: 2, 3, V.M.)

Fuente: El conflicto de los siglos, pp. 486-503.
Autor: Elena G. de White. Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.
Fotografía: montaje Menesez Filipov

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