Mostrando entradas con la etiqueta Tiempo del Fin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tiempo del Fin. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de noviembre de 2011

El Milenio: el cambio será mayor de lo que imaginamos. Por David Macdonald

“Miré a la tierra, y vi que estaba desordenada y vacía… Miré, y no había hombre, y todas las aves del cielo se habían ido. Miré, y vi que el campo fértil era un desierto” (Jer. 4:23-26).
Con las noticias que tenemos del cambio climático, parecería que las palabras del profeta de antaño podrían cumplirse antes de lo pensado. Los científicos nos dicen que la tierra se encamina hacia un estado como el descrito por Jeremías.

Jeremías está señalando deliberadamente una conexión con Génesis 1:2, en un intento por impresionar a Israel para que se prepare para la inminente invasión de Nabucodonosor. Usa una hipérbole para describir la terrible destrucción que traería el rey de Babilonia. Dice que la tierra será como antes de la creación: “desordenada y vacía”. Cuando Juan escribió el Apocalipsis, también trazó una conexión con Génesis 1:2 al utilizar la palabra griega abussos (Apoc. 20:1), equivalente a la palabra hebrea tehom, generalmente traducida como “abismo” (Gen. 1:2), “profundidad”, “lugar inaccesible”, etc. (Apoc. 20:1).

Hoy vemos el texto de Jeremías no solo como referencia al pasado sino, lo que es más importante, como referencia profética al futuro milenio.

Pero esto parece haberse perdido a lo largo de los años. ¿Podemos ver el plan divino? Antes de la creación del primer cielo y la primera tierra, se afirma que la tierra estaba desordenada y vacía, en un estado de tehom. Al fin de los tiempos, la tierra regresa a esa misma condición. Dios se prepara entonces para crear un nuevo cielo y una nueva tierra. El pecado estropeó nuestra historia. Dios está volviendo a cero para dar inicio a una nueva obra. Dios comenzará nuevamente. Su intención para el planeta tierra se cumplirá. El Paraíso no está perdido. No ha sido frustrado por el pecado o Satanás. “Él es la roca, cuya obra es perfecta” (Deut. 32:4).

La tierra está desordenada y vacía y en un estado de tehom durante mil años debido a lo que sucede al comienzo de ese período. Pedro nos dice que “los cielos pasarán con gran estruendo, los elementos ardiendo serán deshechos y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas” (2 Ped. 3:10). Si consideramos el lenguaje utilizado por Pedro, el Planeta Tierra parece dirigirse a la fusión termonuclear de millones de grados centígrados.1

Lo que hay que entender

Es de vital importancia que captemos esta verdad sobre la condición de la tierra durante el milenio. Si no lo hacemos, podemos adoptar modelos no bíblicos del milenio. Los adventistas creemos que todos los salvados estarán en el cielo con Jesús durante ese período. Jesús dijo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay” (Juan 14:2). Y siguió diciendo: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (versículo 2).

Jesús está preparándonos un lugar en el cielo. Durante el milenio, solo el diablo y todos sus demonios habitarán este lugar sombrío que conocemos como el Planeta Tierra. Y solo al fin de los mil años, “la santa ciudad, la nueva Jerusalén”, descenderá “del cielo, de parte de Dios, ataviada como una esposa hermoseada para su esposo” (Apoc. 21:2).

Otro factor, acaso más importante, que lleva a adoptar modelos equivocados del milenio es la idea de un reino y gobierno político de los judíos y/o de la iglesia cristiana sobre las naciones. Un estudioso afirma que este error es común en todos los demás modelos. Es serio, porque hace que la Segunda Venida de Cristo pierda todo su significado. ¡Qué decepcionante sería si después de la Segunda Venida la vida continuara de la misma manera, más allá del justo gobierno bajo la conducción de Cristo! Si 1844 produjo un chasco, ¡este sería el chasco más grande de la historia!

Por eso debemos descartar la idea de un reino político del Mesías. Ese fue el error de los discípulos. Judas traicionó a Jesús y Pedro lo negó (en efecto, ninguno de los discípulos estaba preparado para la cruz) debido a sus perspectivas equivocadas del Mesías “político”.

Esta visión también se relaciona con el peligro de confundir “las multitudes, desde los más pequeños hasta los mayores”2, para que sean engañadas por la personificación de Cristo que hará Satanás en la Segunda Venida, lo que Elena de White denomina “el engaño más poderoso, casi irresistible”.3 Jesús dijo: “Mi Reino no es de este mundo; si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Juan 18:36). ¿Cuándo vamos a comprender el verdadero significado de sus palabras? Si el reino del Mesías fuera político, la fusión termonuclear se habría producido en la cruz y no al fin de los tiempos.

Un tercer punto: el milenio es el capítulo final de la historia del pacto divino, del compromiso que hizo para salvar a “todo aquel” que lo desee. Lo que Dios les prometió a Adán y Eva fuera de las puertas del paraíso y a todas las generaciones subsiguientes se está haciendo realidad. Una “gran voz” proveniente del trono lo pronuncia con el lenguaje típico del pacto: “El tabernáculo de Dios está ahora con los hombres. Él morará con ellos, ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apoc. 21:3).

Dios está poniendo fin a la historia de la salvación. Vemos aquí la disposición final de todas las cosas; el destino final de todos los que aceptan la salvación divina; el destino final de todos los que rechazan la salvación; el proceso de juicio que revela estos destinos y vindica el nombre de Dios; el destino final de Satanás y las agencias que ha utilizado en la tierra para cumplir sus terribles acciones; y, específicamente, la muerte es enfrentada y destruida. Finalmente se presentan el cielo nuevo y la tierra nueva en todo su esplendor. Y sí, es Jesús el que hace que estas promesas se hagan realidad. “Porque todas las promesas de Dios son en él ‘sí’, y en él “Amén’” (2 Cor. 1:20).

Un cambio verdadero

Se aproxima el cambio climático. Pero será mucho más radical de lo predicho. La Segunda Venida de Cristo no será un cambio cosmético del Planeta Tierra. La Tierra como la conocemos llegará a su fin. El tiempo se detendrá. Si la cruz divide la historia, la Segunda Venida le pone fin. Si la cruz es central para la historia de la salvación, la Segunda Venida es el capítulo final de esa historia. Nadie debería engañarnos para que pensemos de otro modo.

Los mil años forman un vínculo que mantiene unidas muchas ideas aparentemente sin conexión; pero el evento decisivo de todos los sucesos escatológicos está dado por la Segunda Venida. Nuestra mente se llena de hermosa armonía al ver la forma en que Dios pondrá fin a la historia de la salvación.






Fuente: Adventist World
Autor: David Macdonald es pastor de la iglesia en Bundaberg, Queensland, Australia.

Referencias: 1. The temperature of our sun at its core: Mark R. Chartrand III, Skyguide: A Field Guide for Amateur Astronomers (New York: Golden Press, 1982), p. 202. 2. El gran conflicto, p. 682. 3. Ibíd.





+ Leer más..

miércoles, 17 de noviembre de 2010

¿Buenos solo en apariencia? Por Clifford Goldstein

Dos soldados alemanes, en cuclillas uno junto a otro, elevaron la cabeza por encima de la trinchera, otearon la densa oscuridad, y luego volvieron a agacharse. Nacidos con solo unos días de diferencia en el mismo pueblo bávaro, los dos soldados de infantería tenían acento similar, eran del mismo rango, y hablaban con idéntico fervor de luchar por la defensa de la patria y del honor del káiser. Algunos de sus camaradas bromeaban diciendo que los dos estaban empezando a parecer iguales y les dieron el apodo de “los gemelos”.

“Los gemelos” pasaron la noche con terribles presentimientos. Luego, poco a poco, el sol empezó a iluminar el horizonte y, como demonios furiosos arrojados de tumbas abiertas, los franceses atacaron. Las balas silbaban sobre las cabezas de “los gemelos”, los obuses impactaban contra el suelo, y se desató el caos.

De inmediato, llegó la orden de contraatacar. Al unísono, las tropas alemanas se pusieron en pie para frenar la ofensiva. “Los gemelos” también se pusieron de pie, pero mientras que uno corrió hacia delante para enfrentarse al enemigo en el combate cuerpo a cuerpo, ¡el otro huyó!

¿Gemelos? Una crisis demostró que, no importa lo similares que pareciesen exteriormente, eran tan diferentes en su interior que cuando se disipó la humareda, uno fue condecorado por su heroísmo y el otro fusilado por deserción.

Hace mil novecientos y pico años, sentado en el Monte de los Olivos con sus discípulos, Jesús enseñó una lección similar. En la parábola de las diez vírgenes (véase Mat. 25: 1-13), el Salvador advirtió que habría gente que creería en él, que tendría doctrinas puras, que aguardaría su venida, y que hasta tendría una medida del Espíritu Santo obrando en su vida. Pese a ello, con ocasión de la última crisis, se vería que no estaba preparada para su regreso. Con esta narración, Jesús nos dice con claridad a los cristianos que, no importa lo bueno que sea el aspecto externo de cada cual, lo que cuenta es lo que va por dentro...


La narración de Jesús

"Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes", empezó diciendo Jesús, "que, tomando sus lámparas, salieron a recibir al novio. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; pero las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas" (versículos 1-4). Jesús dijo que "como el novio tardaba, cabecearon todas y se durmieron". Luego, a medianoche, cuando se oyó el grito de que venía el novio, todas se levantaron y pusieron a punto sus lámparas. Desgraciadamente, las cinco vírgenes insensatas necesitaban aceite porque sus lámparas se estaban agotando. Pidieron a las vírgenes prudentes que las ayudaran, pero estas dijeron que no tenían suficiente para compartirlo. De modo que las vírgenes insensatas fueron a comprar más aceite y, en su ausencia, "llegó el novio; y las que estaban preparadas entraron con él a la boda, y se cerró la puerta". Cuando volvieron las vírgenes insensatas y quisieron entrar, el novio respondió: "De cierto os digo que no os conozco".

Jesús terminó su relato con esta advertencia: "Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora" (versículo 13).

Pocas de las parábolas de Jesús presentan una advertencia tan seria a quienes aguardan su retorno. Exactamente, ¿qué es lo que nos está diciendo Jesús? Analicemos esta parábola de forma más minuciosa.

Para empezar, Jesús llamó vírgenes a las mujeres, lo que, en la Biblia, representa a gente fiel, en contraste con rameras, que simbolizan la apostasía y la pecaminosidad (véase, por ejemplo, Jer. 3: 6; Apoc. 17: 5). De modo que la parábola de las diez vírgenes no es para ateos, adeptos a Nueva Era o budistas. Jesús habla específicamente de su iglesia, un pueblo de doctrina pura que, en muchos sentidos, le era obediente.

Lo que resulta aún más desconcertante de estas vírgenes es que todas –las prudentes y las insensatas– esperaban al novio. La imagen de la boda simboliza que Jesús viene a buscar su iglesia al final del tiempo (véase Apoc. 19: 6, 7). Estas vírgenes, entonces, representan a cristianos que anhelan el regreso de Cristo y que hasta se esfuerzan por encontrarse con él. No representan –ni siquiera las insensatas– a los cristianos profesos que no creen en el regreso literal de Cristo o que lo sitúan tan en el futuro que no les preocupa.

En la parábola, tanto las prudentes como las insensatas tenían lámparas, símbolo de la Palabra de Dios (véase Sal. 119: 105). Según parece, todas las personas representadas por estas vírgenes leen la Biblia y, hasta cierto punto, han seguido la luz que emana de ella. E incluso todas ellas tenían aceite, símbolo del Espíritu Santo (véase Zac. 4: 1-14). O sea, todas las vírgenes, tanto las prudentes como las insensatas, habían experimentado la obra de Dios en sus vidas.

De modo que las vírgenes prudentes y las insensatas representan a dos grupos entre los seguidores de Jesús. Ambos grupos tienen una doctrina pura, incluida la segunda venida que los dos anhelan de veras. No solo leen la Biblia, sino que sus vidas dan evidencia de que el Espíritu Santo obra en ellos. En la parábola de las ovejas y las cabras es fácil ver la diferencia entre sus verdaderos seguidores y aquellos que son infieles (la mayoría de la gente puede distinguir fácilmente entre una oveja y una cabra). Esta parábola, sin embargo, nos advierte de que la diferencia podría no siempre resultar tan obvia.


La tardanza causa crisis

Como en el caso de “los gemelos” de la trinchera, fue una crisis lo que reveló los caracteres auténticos de las vírgenes. En este caso, la crisis fue la tardanza del novio en volver: "Como el novio tardaba, cabecearon todas y se durmieron" (versículo 5). La dinámica esencial de este relato gira en torno a la demora. Si el novio no hubiese tardado, si hubiese vuelto cuando se le esperaba, entonces todas habrían estado listas porque todas habrían tenido bastante aceite en sus lámparas, de modo que no habría hecho falta esta historia.

Pero Jesús sabía, ya cuando estaba sentado en el Monte de los Olivos, que sus seguidores se cansarían de esperar su regreso. Después de todo, también las vírgenes prudentes se durmieron. El problema, entonces –al menos en esta parábola– no estaba en su sueño. Estaba más bien en su falta de preparación para la crisis que se desencadenó. Por medio de esta parábola Jesús advirtió que aun en su hastío, es preciso que los cristianos estén preparados. O sea, Jesús estaba diciendo: "Preparaos para una demora. Preparaos para la realidad de que mi venida no será tan pronto como os gustaría".

En el momento culminante de la crisis, cuando alguien gritó "¡Aquí viene el novio, salid a recibirlo!", todas las mujeres, prudentes e insensatas, se despertaron y avivaron sus lámparas. La situación fue lo bastante grave como para que ninguna siguiera durmiendo. Sin duda, cuando se dé el grito que advierta al mundo que Jesús está a punto de volver, todos los cristianos despertarán e intentarán arreglar “sus lámparas”.

Sin embargo, muchos de ellos no tendrán suficiente aceite, no tendrán suficiente del Espíritu Santo en sus vidas para guiar su senda en ese tiempo de crisis. De hecho, en ese momento sus luces se habrán apagado por completo.

Evidentemente, Jesús está advirtiendo aquí que, sin el Espíritu de Dios, conocer la verdad no es suficiente. No importa cuánto haya obrado el Espíritu en la vida de una persona para llevarla al conocimiento de la verdad, a un grado de obediencia, y hasta a un anhelo de la segunda venida de Jesús, estos factores en sí mismos no bastarán. Cuando llegue el tiempo de crisis, los que no hayan sido alimentados, cultivados y reabastecidos por el Espíritu se encontrarán en la oscuridad. En realidad, no han conocido al Señor, porque la única manera de conocer a Dios es mediante la obra del Espíritu Santo; únicamente el Espíritu permite a las personas tener una relación con Cristo.

En esta parábola, cuando las vírgenes insensatas entendieron por fin lo que su letargo espiritual había ocasionado, cuando comprendieron su escasez en las cosas que importaban, pidieron a las otras que proveyeran a sus necesidades. Pero la salvación no es transferible. Dios ha ofrecido su gracia a cada alma. Cada cual debe tomarla para sí: "El que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida" (Apoc. 22: 17). Esta es una situación en la que nuestro hermano no puede ser nuestro guardián, aunque quisiera.

Cuando las vírgenes insensatas volvieron y golpearon la puerta, era demasiado tarde. El tiempo de gracia había concluido. El novio contestó, pero las palabras que pronunció fueron las más temibles que un cristiano haya oído jamás del Salvador: "De cierto os digo que no os conozco" (Mat. 25: 12).


Un mensaje para los últimos días

Aunque el mensaje de esta parábola es relevante para los cristianos de cualquier época, se aplica específicamente a los de los últimos días. Es para los vivos, no para los muertos.

Jesús les dice a los vivos que las creencias, las ceremonias, las tradiciones y las doctrinas, por sí mismas, no nos van a preparar para la segunda venida. El cristianismo no es solamente un conjunto de reglas, leyes y doctrinas. Es el Espíritu de Dios obrando en los individuos para transformar sus caracteres a semejanza del divino. Una teoría de la verdad, sin el poder del Espíritu Santo, podría conducir a formas externas apropiadas, pero no puede santificar el corazón a imagen del Redentor. Y, como muestra, la parábola; las acciones externas no son suficientes por sí solas.

Al contrario, Jesús dice que debemos abrir nuestra vida a la obra del Espíritu en cada paso del camino cristiano. No importa lo ocupados que estemos, ni lo pesado que sea nuestro trabajo, o cuántas sean nuestras luchas, debemos encontrar tiempo para el Señor; debemos cultivar nuestra relación con Dios a través del Espíritu.

El mensaje de Jesús resulta particularmente importante para los que vivimos en tiempos tan agitados y ajetreados como estos. Está diciendo a su pueblo del tiempo del fin que deben mantener encendidas sus lámparas, aun ante la tardanza. Pese a lo importante que sea tu trabajo, pese a lo exigente de tus ocupaciones diarias y familiares, has de hallar tiempo para mantener una relación salvadora con EVANGELIZAR LO PROFUNDO DEL CORAZÓN él, una relación en la que pueda obrar en nosotros "así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Fil. 2: 13).

Los cristianos podemos tener este tipo de relación solo mediante la comunión con Jesús, la obediencia a su Ley y una elección consciente de rendirnos a él cada día. No debemos procurar ganarnos su aceptación mediante nuestra propia justicia. Más bien debemos descansar en la seguridad de que ya hemos sido aceptados por lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz.

"Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rom. 8: 1). La expresión paulina "los que andan conforme al Espíritu" pone de manifiesto que esta debe ser una experiencia diaria. Solo la relación cotidiana con el Espíritu Santo mantendrá las lámparas ardiendo mientras se demore el novio.

"En el don incomparable de su Hijo, Dios rodeó al mundo entero con una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula en derredor del globo. Todos los que decidan respirar esta atmósfera vivificante vivirán y crecerán hasta alcanzar la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús" escribió Elena White. (1)

Con su parábola de las diez vírgenes, Jesús envía un claro mensaje a la generación del tiempo del fin advirtiéndoles de que no permitan que las apariencias externas, especialmente las propias, los engañen. En esta parábola, los salvos y los perdidos –en sus formas, ceremonias, doctrinas y hasta en su profesión de fe– parecen idénticos. Pero la mitad carece del ingrediente más crucial de todos, uno que no siempre es detectable, y que es el poder del Espíritu Santo en el corazón. Y no se trata de una diferencia nimia. Al contrario, para la última generación, lo que va por dentro no es, como en el caso de “los gemelos” en la trinchera, la distancia entre la medalla y el pelotón de fusilamiento. Es la distancia que hay entre la vida eterna y la muerte eterna.


► Originalmente este articulo ha sido publicado el 16 de octubre de 2007 en uno de los blogs que pasaron a conformar lo que es hoy OJO ADVENTISTA.




Fuente: Revista Adventista, España, junio 2006
Autor: Clifford Goldstein (1960-), actual Editor de la Guía de Estudio -adultos- para la Escuela Sabática. Desde 1992 hasta 1997, fue redactor de ‘Liberty’, y 1984-1992, editor del Shabat Shalom. El tiene M.A. in Ancient Northwest Semitic Languages de la Johns Hopkins University (1992). Es autor de unos 18 libros, los más reciente son "God, Godel, and Grace" y "Graffiti in the Holy of Holies".
Referencias: 1. Elena White, El camino a Cristo, pág. 68.
Transcripción: Mauricio Albareda

+ Leer más..

jueves, 27 de mayo de 2010

Microcosmos del Fin. Por Alberto R. Treiyer


La jornada había sido larga y muy dura. La más grande confrontación de Jesús con los dirigentes religiosos de la ciudad de Jerusalén quedaba atrás. Al retirarse la gloria divina que se encontraba velada ya no en una nube, como en la antigüedad, sino en la carne humana (Juan 1:9,14), la casa de Dios en Jerusalén iba a quedar vacía de la presencia celestial (Mat 23:38-39). Pero al comenzar a subir por la ladera de la montaña de los olivos, los discípulos se dieron vuelta y pudieron contemplar una vez más una escena tan espectacular como lo era el templo de Jerusalén.

“Durante más de cuarenta años se habían prodigado riquezas, trabajo y arte arquitectónico para enaltecer los esplendores y la grandeza de aquel templo. Herodes el Grande y hasta el mismo emperador del mundo contribuyeron con los tesoros de los judíos y con las riquezas romanas a engrandecer la magnificencia del hermoso edificio. Con este objeto habíanse importado de Roma enormes bloques de preciado mármol, de tamaño casi fabuloso”. No era de extrañar que aún los discípulos, cuyos sueños se vinculaban a esa ciudad y a Jesús como su futuro rey, se sintiesen orgullosos de semejantes construcciones.

“‘Maestro, mira qué piedras y qué edificios (Mar 13:1 [Luc 21:5: “adornado de hermosas piedras y dones”]), atinó a decirle uno de ellos. Pero los sentimientos del Señor estaban muy lejos de la vanagloria humana que tanto agrada a los mortales. Para sorpresa de todos, Jesús le respondió: “‘¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada’” (Mat 13:1-2).


Microcosmos antiguos

Las palabras tan contrastantes de Jesús sobre el templo de Dios y su ciudad culminaban, en cierta forma para el Israel antiguo, los tantos anuncios proféticos que desde la antiguedad Dios había enviado acerca del “día del Señor”. Ese día de juicio los profetas lo anticiparon para con las ciudades de sus días, cuyos pecados llegaban a un punto que rebasaban la paciencia divina. Sus ruinas fueron microcosmos ilustrativos del juicio que tendría lugar, en el fin del mundo, en el macrocosmos global y planetario, cuando los mismos pecados que las habían causado pasasen a ser la nota tónica del mundo entero.

Esto entendían también los discípulos del Señor. Al ser testigos de la venida del Mesías prometido, pensaban que si había todavía un día del Señor para volver a destruir Jerusalén, debía ser el mismo día que traería a Jesús de los cielos para terminar con este mundo de pecado. Por eso le preguntaron, momentos más tarde, “¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?” (Mat 24:3). Y cuando más tarde Jesús ascendió a los cielos, confirmando su promesa de volver, volvieron a preguntarle: ‘¿Restituirás el reino a Israel en este tiempo?” (Hech 1:6).


El día del Señor.

¿En qué consistía el “día del Señor”, según los antiguos profetas? En un día amargo, de ira, de angustia, de castigo, venganza, ruina y desolación, de tinieblas y oscuridad, “de guerra contra las ciudades fuertes y las altas torres” (Sof 1:14-15; Am 5:18-20). ¿Debía suponerse, en este contexto dramático, que Dios daba entonces, rienda suelta a caprichos personales, como es usual entre los hombres? No. Para que nadie tuviera dudas acerca de la justicia de sus castigos, lo vemos convocando a su corte celestial para una investigación o requisitoria judicial que precede a su intervención (Gén 18:20ss; Sof 1:12; Dan 7:9-10).

Es más, no sólo los ángeles debían enterarse del proceso que Dios iniciaba contra la nación señalada. También los habitantes de las ciudades que iban a ser destruidas debían enterarse. Por esta razón, los mensajeros que Dios les enviaba para anunciar el castigo, pasaban a actuar, a su vez, como reporteros del juicio (Os 7:1-2; 8:13; 9:9; 10:2; 13:12). Y a pesar de tantas advertencias divinas, el día aciago cayó tantas veces en forma inesperada sobre los incrédulos, sobre “los que reposan tranquilos sobre sus inmundicias, y piensan: ‘el Eterno ni hará bien ni mal’” (Sof 1:12).

¿Qué es lo que Dios castigaba en aquellos prototipos pequeños del día final? Ese día del Eterno, según Isaías, debía abatir “la altivez de los ojos del hombre”, y humillar “la soberbia de los hombres”, para que sólo el Señor fuese exaltado (Isa 2:11-12; 14:12-13; Jer 50:29-32). De allí que la destrucción apuntaba mayormente a los símbolos de la arrogancia humana tal como se veían patentados “sobre toda torre alta, y sobre toda muralla fortificada” de sus ciudades (Isa 2:15). ¡Cuán vanos resultaban entonces tales escudos humanos detrás de los cuales procuraban parapetarse, sin buscar refugio en el único lugar seguro que Dios ofrece! (Sal 27:5; 31:19-23; 36:7-8; 91).

Siendo que la fragilidad y temor humanos acerca del futuro inducían a muchos a pensar sólo en sí mismos a expensas del pobre, el juicio de tal día apuntaba también a sus “grandes y hermosas” propiedades injustamente obtenidas. La inmundicia moral e hipocresía espiritual que se escondía, en tales circunstancias, bajo el barniz elegante de la abundancia material, tampoco escapaban a los ojos de los profetas (Isa 2:13-14; cf. Os 4:12-14).

No todo iba a ser tinieblas y desolación, sin embargo, en el día del Señor. Al derramar su juicio sobre las ciudades malvadas, Dios no olvidó jamás a un remanente fiel al que salvó (Isa 11:11ss; 12; 30:26,29; Joel 3:16ss). Tampoco olvidaría a un resto que guardase sus mandamientos en el fin del mundo cuando, según el Apocalipsis, Dios derramaría sobre toda la tierra, las plagas que consumarían su ira (Apoc 12:17; 14:12; 15:1; 16; 17:14). En otras palabras, tanto en el microcosmos de los pueblos antiguos como en el macrocosmos planetario de hoy, el día del Señor fue y sigue siendo un día contrastante, de desgracia para el mundo, pero de liberación y redención para el pueblo de Dios.


Los juicios microcósmicos anticipan un juicio universal y final.

La Biblia habla de sólo dos juicios universales, el del diluvio que tuvo lugar hace unos 4.000 años atrás (Gen 6-8), y el del fin del mundo que tendrá lugar pronto y por fuego (2 Ped 3:6-7,10). Aparte de los 120 años de predicación de Noé, no tenemos mucha información acerca de cómo Dios previno al mundo antediluviano de la gran catástrofe que iba a tener lugar en aquel entonces. Con respecto a la segunda tragedia universal que nos aguarda, sin embargo, tenemos no sólo el anuncio de los profetas, sino también los anticipos en miniatura de los juicios que Dios dio en lo pasado. En lugar de contemplar en forma pasiva a los hombres, en espera de la gran destrucción final, vemos que Dios interviene constantemente para frenar la maldad, y evitar que la rebelión humana alcance visos universales antes del tiempo señalado.

Por el hecho de limitar sus juicios, en tales ocasiones, a lugares específicos, dejando libres otros pueblos, sus castigos deben interpretárselos como misericordiosos. Debían despertar en los hombres el sentido del peligro que corren, y la realidad del juicio que les espera. Esto lo percibió el profeta cuando reconoció que, “cuando hay juicios” divinos “en la tierra, los habitantes del mundo aprenden justicia” (Isa 26:9). Se llenan otra vez las iglesias, la gente se pregunta muchas cosas, y se vuelve más receptiva para escuchar el evangelio.

Ahora bien, ¿cuáles son los instrumentos del castigo divino? ¿Son siempre la sequía, las tempestades y las plagas? ¿Interviene siempre él, en forma directa? No. Al no haber todavía una conflagración general y global como la que debía esperarse para el fin del mundo, Dios usa a menudo, para castigar las ciudades opresoras, a otros pueblos que tampoco lo reconocen, pero cuyos pecados no han sobrepasado aún los límites de la misericordia divina.

De esta forma, el reino de Asiria pasó a ser la “vara” del “enojo” del Señor, aunque su rey ni siquiera pudo imaginárselo (Is 10:5-7). Una vez que tales instrumentos malvados cumplen el designio de Aquel que pone y quita reyes (Dan 4:17; 6:20-21), Dios decide castigar igualmente “la soberbia” y “la altivez de sus ojos” (Isa 10:10-14). “¿Se jacta el hacha ante el que corta con ella? ¿Se ensoberbece la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el bastón levantara al que lo levanta; como si la vara alzara a quien no es de madera!” v. 15).

Cuando los juicios de Dios se ejecutan a través de instrumentos crueles e inconscientes de cumplir con la voluntad divina, la Deidad simplemente juega el papel de Arbitro de todos los destinos. Retira su círculo protector de la ciudad condenada para dar libre acceso al destructor y enemigo por excelencia de Su creación. Así también ocurriría en el mundo entero, cuando los vientos de las pasiones humanas dejasen de ser retenidos por los cuatro ángeles que Dios apostó sobre los cuatro ángulos de la tierra para detener la maldad global, y demorar su destrucción final (Apoc 7:1-3; véase Dan 7:2).


¿Existen todavía microcosmos del juicio final, en esta época global?

¿Un fin del mundo sin la nación de Israel y sin su templo? Esto no podía caber en la mente de los discípulos. Siendo que en lo pasado, el día del Eterno había caído tanto sobre las naciones paganas como sobre su propio pueblo, pensaron que la ruina de Jerusalén coincidiría con la destrucción del mundo, confundiendo así el microcosmos de sus días con el macrocosmos final. Pero Jesús fue más allá de lo que ellos podían entrever a través de sus prejuicios nacionales, y con compasión les mezcló los dos acontecimientos. Cuando sus ojos se abrieran, podrían entender que la cercana destrucción de Jerusalén por los romanos no iba a ser aún el fin de todo, sino otro ejemplo o símbolo de la destrucción del mundo (cf. 1 Cor 10:6,11).

Cabe hacerse ahora la siguiente pregunta. Siendo que vivimos en el mundo en el que se cumplen las señales de repercusión universal que los antiguos profetas y apóstoles, y aún el Hijo de Dios mismo anunciaron, ¿podríamos esperar nuevos minianticipos de la destrucción final? Sí. Jesús los anticipó al describir en forma específica la época del fin. “Oiréis guerras y rumores de guerras”, anunció. Pero advirtió: “¡Cuidado! Nos os turbéis, porque es necesario que todo esto suceda, pero aún no es el fin” (Mat 24:6).

Fue en el S. XX que se dieron las primeras dos guerras mundiales que conoció nuestro mundo, y muchos creyeron que se iniciaba el fin mismo, olvidando las palabras precisas del Señor. Se reunieron los ejércitos de las naciones de nuevo, hace apenas una década, en torno a Iraq, y nuevamente comenzaron a circular versiones de la llegada del Armagedón, la última batalla del mundo de la que habla el Apocalipsis (Apoc 16:16). Pero no debía esperarse el fin aún. “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino”, continuó diciendo el Señor. “Habrá pestes, hambres y terremotos en diversos lugares. Y todo esto será principio de dolores”, es decir, juicios anticipados, de mayor escala que los que tuvieron lugar en la antiguedad, pero no todavía el fin mismo.

En tales manifestaciones limitadas de sus juicios, el Señor busca despertar la conciencia de los pueblos y de las naciones a la realidad inminente del juicio que les espera, en donde ya no habrá más misericordia (Apoc 16). Así como en la antiguedad, y “con infalible exactitud, el Infinito sigue llevando cuenta con las naciones. Mientras ofrece su misericordia, y llama al arrepentimiento, esta cuenta permanece abierta; pero cuando las cifras llegan a cierta cantidad que Dios ha fijado, el ministerio de su ira comienza. La cuenta se cierra. Cesa la paciencia divina. La misericordia ya no intercede en favor de aquellas naciones”. “Amplia es la misericordia que se extiende hacia ellos, con llamados al arrepentimiento; pero cuando la culpa de ellos llega a cierto límite que Dios ha fijado, entonces la misericordia cesa sus intercesiones, y comienza el ministerio de la ira”.


La anticipación profética de la destrucción del Centro del Comercio Mundial.

Prácticamente cien años antes que cayesen los edificios más imponentes del mundo el 11 de Septiembre del 2001 en Nueva York, una vidente adventista lo vio y adelantó las razones por las que Dios permitiría que tal desgracia cayese, en un marco equivalente al que lo habían hecho en la antiguedad los mensajeros de Dios. Lo suyo no tuvo nada que ver con Nostradamus ni ningún otro agorero o futurista al que la gente recurre hoy sin poder encontrar nada que pueda realmente orientarlos en relación con los sucesos acaecidos.

Tres años antes de la destrucción de la ciudad de San Francisco por un terremoto en 1906, E. de White declaró que no iba a pasar mucho tiempo antes que esa ciudad sufriese los juicios divinos, y anunció que se repetirían “en otras partes las escenas de la calamidad de San Francisco... Los juicios que ya han descendido”, aclaró, “son una advertencia, pero no el fin del castigo que vendrá sobre las ciudades impías”.

Que habría nuevos microcosmos de resonancia mundial se ve en la siguiente declaración de 1901. “Los deleitables monumentos de la grandeza de los hombres se harán polvo aun antes que venga la última gran destrucción sobre el mundo”. “Estas orgullosas estructuras se convertirán en ceniza”. “Las costosas mansiones, maravillas arquitectónicas, serán destruidas sin previo aviso” como “ilustración de cómo, en un momento, los edificios de la tierra caerán en ruinas”.

“Los hombres continuarán levantando costosos edificios que valen millones”, fueron sus palabras; “se dará especial atención a su belleza arquitectónica y a la firmeza y solidez con que son construidos. Pero el Señor me ha hecho saber que a pesar de su insólita firmeza y su costoza imponencia, esos edificios correrán la misma suerte del templo de Jerusalén”. En otras palabras, no quedaría en ellos “piedra sobre piedra”.

En este respecto debemos recordar que cuando Jerusalén fue destruida, la gente, buscando el oro que se derritió por el fuego y se infiltró en las rendijas, fue moviendo piedra sobre piedra que hubiese quedado, cumpliendo literalmente lo que dijo el Señor. Hay ahora toneladas de oro sepultadas en los escombros de esos edificios de Nueva York, y están removiendo también todo, no solo para limpiar el espacio, sino para llegar hasta esa impresionante sepultura.

En 1904, la misma autora volvió a escribir: "Se me hizo contemplar una noche los edificios [de Nueva York] que, piso tras piso, se elevaban hacia el cielo. Esos inmuebles que eran la gloria de sus propietarios y constructores eran garantizados incombustibles. Se elevaban siempre más altos y los materiales más costosos entraban en su construcción. Los propietarios no se preguntaban cómo podían glorificar mejor a Dios. El Señor estaba ausente de sus pensamientos. Yo pensaba: ¡ojalá que las personas que emplean así sus riquezas pudiesen apreciar su proceder como Dios lo aprecia! Levantan edificios magníficos, pero el Soberano del Universo sólo ve locura en sus planes e invenciones. No se esfuerzan por glorificar a Dios con todas las facultades de su corazón y de su espíritu. Se han olvidado de esto, que es el primer deber del hombre. Mientras que esas altas construcciones se levantaban, sus propietarios se regocijaban con orgullo, por tener suficiente dinero para satisfacer sus ambiciones y exitar la envidia de sus vecinos. Una gran parte del dinero así empleado había sido obtenido injustamente, explotando al pobre. Olvidaban que en el cielo toda transacción comercial es anotada, que todo acto injusto y todo negocio fraudulento son registrados. El tiempo vendrá cuando los hombres llegarán en el fraude y la insolencia a un punto que el Señor no les permitirá sobrepasar y entonces aprenderán que la paciencia de Jehová tiene límite. “La siguiente escena que pasó delante de mí fué una alarma de incendio. Los hombres miraban a esos altos edificios, que juzgaban incombustibles, y decían: 'están pefectamente seguros' [muchos murieron porque los instaron a volver a subir diciendo que los edificios estaban seguros], pero esos edificios fueron consumidos como sustancia resinosa. Las bombas contra incendio no pudieron impedir su destrucción. Los bomberos no podían hacer funcionar sus máquinas. Me fué dicho que cuando llegue el día del Señor si no ocurre algún cambio en el corazón de ciertos hombres orgullosos llenos de ambición, ellos comprobarán que la mano otrora poderosa para salvar, lo será igualmente para destruir. Ninguna fuerza terrenal puede sujetar la mano de Dios. No hay materiales capaces de preservar de la ruina a un edificio cuando llegue el tiempo fijado por Dios para castigar el desconocimiento de sus leyes y el egoísmo de los ambiciosos".

En 1906, E. de White volvió a tener otra visión de terror, pero en donde no se le indicó el nombre de la ciudad a la que fue llevada. ¿Se habrá debido esto a la desatinada reacción de algunos predicadores que, luego de su descripción acerca de Nueva York, comenzaron a decir que esa ciudad iba a ser destruida por un maremoto, tergiversando así sus declaraciones? Hoy, casi 100 años después, asombra ver la similitud de esa otra visión con lo que ocurrió realmente en la destrucción del Centro del Comercio Mundial.

“Estaba en una ciudad sin saber cuál, y escuché una expresión tras otra. Me levanté rápidamente de la cama, y ví desde mi ventana grandes bolas de fuego. De ellas salían chispas, en la forma de dardos, y los edificios estaban siendo consumidos. En muy pocos minutos el bloque entero de edificios estaba cayendo, y los gritos y gemidos de lamento llegaban distintamente a mis oídos. Grité, estando levantada, para saber qué pasaba, ¿dónde estoy?, y ¿dónde está nuestra familia? Entonces desperté. Pero no podía contar dónde estaba, porque estaba en otro lugar fuera de mi hogar” (11 MR, 918).


Reflexiones inevitables.

Los diarios se han referido a las dos torres gemelas que cayeron junto con otros edificios inmensos como un símbolo del “poder humano”, del “poder económico”, que fue abatido. Se dio en medio del centro económico mundial, y afectó tremendamente los mercados mundiales. La ciudad de Nueva York, según todos admiten, no será nunca más la misma. Aunque destruida por manos perversas y asesinas, nadie que crea realmente en Dios puede dejar de preguntarse sobre la razón por la que Dios permitió tal acto de barbarie.

Más de 100.000 homosexuales desfilan por Nueva York todos los años. 434.000 mueren anualmente en los EE.UU solamente por el cigarrillo (1.200 por día), sin que se tomen medidas adecuadas para evitarlo. Cientos de miles más mueren por miseria económica en el resto del mundo, mientras que pocos hombres disponen de la mayor riqueza acumulada del planeta y viven en la abudancia y despilfarro. ¿Habría Dios de mantener indefinidamente su protección sobre un estado de violencia y rebelión tan grandes como la que se dan en esa “capital económica del mundo”?

Llama la atención también que en esa misma ciudad, apenas un año antes, los máximos representantes de todos los países del mundo se dieron cita por primera vez en tal magnitud. 150 presidentes de los principales países del mundo posaron para una foto, pregonando la paz, uno de los objetivos primordiales de las Naciones Unidas. Con el mismo fin, se estableció un organismo que se reunió también, apenas una semana antes también en Nueva York, rotulado “Religiones Unidas”. Todos hablan y parecen querer la paz mundial. Se auguraba un nuevo milenio que, ¡por fin!, gracias a los avances de la civilización y la globalización, iba a ser de paz. Pero en lugar de paz reaparece, repentinamente, el flagelo de la guerra y de la destrucción.

¿No será este el momento al que se refirió el apóstol Pablo, acerca del fin del mundo, cuando todo lo que ocurriese tendría una dimensión universal? Aunque todavía no es el fin, ¿quién puede negar que sea el preludio de los eventos finales? “Porque vosotros sabéis bien”, declaró el apóstol, “que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. Cuando digan: ‘¡Paz y seguridad!’, entonces vendrá sobre ellos repentina destrucción, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como un ladrón... Por tanto, no durmamos como los demás, sino vigilemos y seamos sobrios... Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5:2-9).

“A causa del aumento de la maldad”, dijo Jesús en esa tarde de anuncios proféticos a sus discípulos asombrados, “el amor de muchos se enfriará” (Mat 24:12). “En la tierra las naciones estarán en angustia, perplejas... Los hombres desfallecerán por el temor y la ansiedad de lo que vendrá sobre la tierra” (Luc 21:25-26). Pero vosotros, “cuando estas cosas empiecen a suceder, cobrad ánimo, y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (v. 28).





Fuente: Mensajes Distintivos Adventistas / "Microcosmos del Fin" (publicado en Revista Adventista , diciembre 2001). Estudio sobre las destrucciones que cayeron sobre pueblos en el microcosmos del mundo antiguo que Dios usa para ilustrar cómo será el fin del mundo. En especial, se analiza la destrucción de las dos torres gemelas de Nueva York a la luz de las anticipaciones proféticas de Elena de White.

Autor: Dr. Alberto Treiyer. (Argentina, 1948-) Teólogo e investigador sobre los mensajes bíblicos y proféticos distintivos que Dios nos dio para este tiempo.
Posee un B.A., Colegio Adventista del Plata, E. R., Argentina, M.Div. y D.Theol., Universidad de Estrasburgo, Francia.
Enseño teología en el Séminaire Adventiste du Saléve (Francia), en el Colegio Adventista de las Antillas (Puerto Rico), donde permaneció por seis años y fue director de su departamento de teología. Luego en la University of La Sierra, California y en el Columbia Union College.

Referencias: 1. E. G. de White, El Conflicto de los Siglos, p. 26. 2. Ez 22:24; Lam 2:22. 3. Isa 13:6ss; 19:16; Jer 30:5-7; Joel 1:16; Abd 12-15. 4. Isa 34:8; 63:4; Jer 46:10; 47:4; 50:27-28. 5. Eze 30:2-3. 6. “¡Ay de los que juntan casa con casa, y añaden heredad a heredad hasta que no queda lugar! ¿Habitaréis vosotros solos en la tierra? (Isa 5:8-9). 7. Cuando los juicios divinos son ejecutados por entidades malignas, a menudo sufren también justos por pecadores. Así, según una tradición judía, Jeremías murió apedreado por anunciar la destrucción de Jerusalén por los babilonios. Daniel y sus tres amigos fueron llevados cautivos, junto con otros que no perecieron en la destrucción. Se aplican también a los inocentes que sufrirían en tales circunstancias, las siguientes palabras del Señor: “No temáis a los que matan el cuerpo, que no pueden matar al alma. Antes temed a Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mat 10:28). 8. CS, 40: “La profecía del Salvador referente al juicio que iba a caer sobre Jerusalén va a tener otro cumplimiento, y la terrible desolación del primero no fue más que un pálido reflejo de lo que será el segundo. En lo que acaeció a la ciudad escogida, podemos ver anunciada la condenación de un mundo que rechazó la misericordia de Dios y pisoteó su ley..., consecuencias de haber rechazado la autoridad del Cielo... La historia de lo pasado, la interminable serie de alborotos, conflictos y contiendas, ‘toda la armadura del guerrero en el tumulto de batalla, y los vestidos revolcados en sangre’ (Isa 9:5), ¿qué son y qué valen en comparación con los horrores de aquel día, cuando el Espíritu de Dios se aparte del todo de los impíos y los deje abandonados a sus fieras pasiones y a merced de la saña satánica? Entonces el mundo verá, como nunca los vio, los resultados del gobierno de Satanás”. 9. E. de White, Profetas y Reyes, p. 269. 10. De la misma autora, en LP, 318. 11. E. G. de White, Eventos de los Últimos Días, 117. 12. Ibid, 118. 13. Ibid, 115. Usando la misma expresión, los diarios describieron los atentados contra las dos torres gemelas de Nueva York. Véase Clarín, 17 de octubre: “El ícono máximo del capitalismo mundial, reducido a polvo”. 14. Ibid. 15. Ibid. 16. JT, 280-1. 17. Carta 176, 1903. 18. Clarín, 21 de Octubre, 2001: "Está en juego nuestro futuro económico. Atacando dos grandes símbolos del mundo financiero, como las Torres Gemelas, los terroristas han intentado golpear nuestra confianza en el sistema económico mundial...".

+ Leer más..

viernes, 5 de marzo de 2010

¿Qué nos dicen los terremotos? Por Carlos A. Steger

Cada nuevo terremoto nos avisa que nuestra salvación “está cerca, a las puertas”
(Mateo 24:33). ¿Estamos preparados para el gran día final?
“De repente todas las casas quedaron en ruinas; parecía el fin del mundo”, relató un habitante del pueblo de Jabla, en Cacherima, que logró salvarse del devastador terremoto (7,6 en la escala de Richter) que azotó a Pakistán y regiones aledañas el 8 de octubre de 2005.1

En los últimos meses, hemos presenciado una sucesión alarmante de catástrofes naturales de gran poder destructivo, que han dejado como saldo miles de muertos y cuantiosos daños materiales. Baste recordar, por ejemplo, el terremoto combinado con un tsunami que ocasionó 283.106 muertos el 26 de diciembre de 2004 en el sudeste asiático.

Según la Biblia, ¿qué relación tienen los terremotos con el tiempo del fin?

Los terremotos en la historia de la salvación

Los hechos culminantes del plan de salvación fueron acompañados por manifestaciones en la naturaleza, particularmente terremotos. Cuando Cristo murió en la cruz, “la tierra tembló, y las rocas se partieron” (Mateo 27:51). Al amanecer del domingo, nuevamente “hubo un gran terremoto”, esta vez asociado con la resurrección del Salvador (Mateo 28:2).

De la misma manera, un terremoto acompañará la finalización de la intercesión de Cristo en el Santuario celestial (Apocalipsis 8:5; 11:19). Poco después, el desenlace final del gran conflicto en este mundo estará marcado por “un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra” (Apocalipsis 16:18). Ninguna catástrofe registrada hasta ahora se igualará a la convulsión que experimentará la tierra entera cuando descienda el Rey de reyes y Señor de señores. La descripción de Elena de White es muy vívida:

“Es a medianoche cuando Dios manifiesta su poder para librar a su pueblo. [...] La naturaleza entera parece trastornada. Los ríos dejan de correr. [...] En medio de los cielos conmovidos hay un claro de gloria indescriptible, de donde baja la voz de Dios semejante al ruido de muchas aguas, diciendo: ‘Hecho está’. Esa misma voz sacude los cielos y la tierra. Síguese un gran terremoto, ‘cual no fue jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra’. [...] Los montes son movidos como una caña al soplo del viento, y las rocas quebrantadas se esparcen por todos lados. Se oye un estruendo como de cercana tempestad. El mar es azotado con furor. [...] Toda la tierra se alborota e hincha como las olas del mar. Su superficie se raja. Sus mismos fundamentos parecen ceder. Se hunden cordilleras. Desaparecen islas habitadas. Los puertos marítimos que se volvieron como Sodoma por su corrupción, son tragados por las enfurecidas olas”.2

El terremoto de Pakistán, que mencioné al principio, parece insignificante ante esta descripción del verdadero fin del mundo. Pero, ¿tienen algún significado los terremotos actuales?

Terremotos como señales del fin

La Biblia anuncia que luego de la persecución religiosa de la Edad Media ocurriría un terremoto de grandes proporciones y habría señales cósmicas que anunciarían la proximidad del fin. “Miré cuando abrió el sexto sello”, escribió el apóstol Juan, “y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre” (Apocalipsis 6:12). Según la mayoría de los intérpretes, esta profecía se cumplió con el terremoto de Lisboa, el 1º de noviembre de 1755. Alcanzó una magnitud de 8,7 en la escala de Richter y una inusitada extensión, ya que sus efectos se sintieron en gran parte de Europa, el norte de África y hasta el Caribe. El sismo combinado con un maremoto dejó un saldo de 70.000 muertos. Hasta el día de hoy, figura entre los terremotos más destructivos de la historia.3

Jesús también mencionó los terremotos en su sermón profético. Los discípulos le preguntaron qué señales habría de la destrucción de Jerusalén y de su segunda venida (Mateo 24:3). En su respuesta, Cristo se refirió a ambos eventos sin diferenciarlos entre sí. Si les hubiera revelado todos los acontecimientos futuros, no habrían podido soportar la visión. No obstante esta ambigüedad, en la primera parte (vers. 4-20), el Señor presentó los hechos previos a la destrucción de Jerusalén, pasando luego a las señales de su Segunda Venida (vers. 21-42).

Las conocidas palabras de Jesús: “Habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mateo 24:7) están en la primera parte del discurso. Se refieren, en primera instancia, a las calamidades naturales que ocurrieron entre la muerte de Cristo y la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.4 “Hubo una serie de fuertes terremotos entre el año 31 y el año 70. Los peores ocurrieron en Creta (46 ó 47), Roma (51), Frigia (60) y Campania (63). Tácito (Anales xvi. 10- 13) también menciona fuertes huracanes y tormentas en el año 65”.5

¿Es correcto, entonces, que citemos este texto para probar que los terremotos y otros desastres naturales son señales del pronto regreso de Cristo?

Sí. Debemos seguir citándolo, porque las palabras de Cristo tienen un sentido amplio. “La ruina de Jerusalén sería símbolo de la ruina final que abrumará al mundo. Las profecías que se cumplieron en parte en la destrucción de Jerusalén, se aplican más directamente a los días finales”.6

Dios no produce estas calamidades. Son obra del enemigo. “Satanás producirá enfermedades y desastres al punto que ciudades populosas sean reducidas a ruinas y desolación. Ahora mismo está obrando. Ejerce su poder en todos los lugares y bajo mil formas: en las desgracias y las calamidades de mar y tierra, en las grandes conflagraciones, en los tremendos huracanes y en las terribles tempestades de granizo, en las inundaciones, en los ciclones, en las mareas extraordinarias y en los terremotos”.7

Cada nuevo terremoto nos avisa que nuestra salvación “está cerca, a las puertas” (Mateo 24:33). ¿Estamos preparados para el gran día final?





Fuente: Revista Adventista / Editorial, mayo 2006.
Autor: Dr. Carlos A. Steger, recientemente nombrado decano de la Facultad de Teología de la Universidad Adventista del Plata (Argentina) y director de la Sede del Servicio Latinoamericano de Teología (SALT). Se desempeñaba como director de la Revista Adventista.
Nota del editor: este articulo fue escrito en el 2006, manteniendo una vigencia casi perfecta: basta que usted cambie el lugar geográfico mencionado por el del seísmo ultimo.
Referencias: 1 Diario Clarín (Buenos Aires), 10 de octubre de 2005, p. 22.
2 Elena G. de White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: ACES, 1993), pp. 694, 695.
3 Ver http://wwwneic.cr.usgs.gov/neis/eqlists/eqsmosde.html. Ver también C. Mervyn Maxwell, Apocalipsis: sus revelaciones (Buenos Aires: ACES, 1991), pp. 194-196.
4 White, El Deseado de todas las gentes (Buenos Aires: ACES, 1987), pp. 582, 583.
5 Comentario bíblico adventista del séptimo día (Buenos Aires: ACES, 1995), t. 5, p. 486.
6 White, El discurso maestro de Jesucristo (Buenos Aires: ACES, 1997), p. 102.
7 El conflicto de los siglos, p. 647.




+ Leer más..